domingo, 8 de abril de 2012

Discurso del Presidente de México Felipe Calderón al Papa Benedicto XVI.

Muy distinguidos integrantes de la Comitiva que le acompaña.
Señor Senador José González Morfín, Presidente del Senado de la República.

Señor Diputado Guadalupe Acosta Naranjo, Presidente de la Cámara de Diputados.

Señor Ministro Aguirre Anguiano, representante de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Señor licenciado Juan Manuel Oliva Ramírez, Gobernador de Guanajuato.

Señores Gobernadores de las distintas entidades federativas de la República Mexicana.

Muy queridas niñas, muy queridos niños.

Distinguidos invitados especiales.

Señoras y señores de los medios de comunicación.

Señores Cardenales, Arzobispos y Obispos.

Mexicanas y mexicanos:
Bienvenido a México, Su Santidad Benedicto XVI. Es una gran alegría recibirlo en tierra mexicana.
Al pueblo mexicano le regocija que haya usted aceptado la invitación que en su nombre, tuve el honor de formularle como Presidente de la República, en mi Visita de Estado al Vaticano.
La presencia de Su Santidad entre nosotros adquiere un significado enorme en horas aciagas, en momentos en que nuestra Patria atraviesa por situaciones difíciles y decisivas.
Son muchos los desafíos que a los mexicanos nos ha tocado enfrentar en los últimos tiempos.
Lo recibe, Su Santidad, un pueblo que ha sufrido mucho por diversas razones, y que a pesar de ello hace enormes esfuerzos todos los días para llevar el alimento a la mesa de la casa, para educar a los hijos, para sacar adelante a la familia.
México sufrió, por ejemplo, como pocos países, los efectos de la crisis económica internacional, la más profunda que hayan visto las generaciones actuales en el mundo.
México también ha sufrido, Su Santidad lo sabe, la violencia despiadada y descarnada de los delincuentes.
El crimen organizado infringe sufrimiento a nuestro pueblo y muestra, hoy, un siniestro rostro de maldad como nunca antes.

En los últimos años, Su Santidad, también hemos sufrido sequías e inundaciones sin precedentes, fruto del daño irracional que los seres humanos hemos hecho a la naturaleza, además, de epidemias y terremotos.
No sé si estos desafíos hubieran sido capaces de quebrantar la voluntad y la firmeza de otros pueblos, pero a pesar de todo, México está de pie. Está de pie, porque los mexicanos somos un pueblo fuerte.
Está de pie, porque los mexicanos somos un pueblo fuerte, perseverante en la esperanza, en la solidaridad. Porque somos un pueblo que tiene valores y principios, que cree en la familia, en la libertad, en la justicia, en la democracia y en el amor a los demás. En valores que son fuertes como la roca. Y es por ello, que su visita nos llena de alegría en momentos de gran tribulación.
Puedo asegurarle, Su Santidad, que encontrará en el mexicano a un pueblo noble, hospitalario, cálido, alegre, que tiene en altísima estima al Sumo Pontífice.
Las mexicanas y los mexicanos compartimos con Su Santidad el anhelo de justicia y de paz duradera. Buscamos, todos los días, labrar nuestro camino hacia el bien común de nuestra querida Nación, de manera que sea posible el desarrollo integral y humano de nuestros hijos.
Trabajamos con entrega y dedicación para labrar un mejor futuro a nuestras familias, para que nuestros hijos puedan ser felices y se conviertan en mujeres y hombres de bien, y de paz.
Luchamos cada día para darle a nuestras familias las condiciones de seguridad y de vida digna y pacífica que les permitan desarrollarse plenamente.
Nos esforzamos con ahínco para superar problemas, como la pobreza y la desigualdad, y para generar mejores oportunidades de educación y salud para todos.
Yo sé que su visita, Su Santidad, alentará el esfuerzo de los mexicanos y reconfortará su alma.
Su visita, particularmente en estas circunstancias, es un gesto de solidaridad y de fraternidad con nuestro pueblo que nunca olvidaremos. Sabemos que es, usted, un hombre de sólido pensamiento, firme en las ideas, valores y creencias, que comparte una buena parte del pueblo mexicano.
Sé que serán, también, las suyas, palabras de consuelo y de inspiración para quienes las necesitan, y renovará la esperanza en millones de hogares de México.
Su Santidad:
México se siente muy honrado por ser la primera Nación de habla hispana que usted visita en el Continente Americano.

En éste, nuestro país, vivimos más de 93 millones de católicos, además, de los muchos que se han ido a los Estados Unidos en búsqueda de un futuro mejor para sus familias, y a quienes extrañamos profundamente. Somos el segundo país con más católicos en todo el mundo.
Al lado de experiencias, también, desgarradoras, en México ha quedado imborrable la huella de pastores que vinieron a nuestra tierra e impregnaron al pueblo de México del más elevado sentido de amor al prójimo y, en particular, a los indígenas.
Recordamos con afecto a figuras señeras como Fray Bartolomé de las Casas, al Obispo Vasco de Quiroga, a Tata Vasco, como cariñosamente le llamaron los purépechas; a Fray Jacobo Daciano, y a muchos, muchos otros.
Y más recientemente, en nuestros días, recibimos en su tiempo a Su Santidad Juan Pablo II, y hoy lo recibimos a usted con los brazos abiertos.
Con visión histórica, su presencia constituye un hito del mayor significado, porque refleja una nueva época en los vínculos entre México y el Estado Vaticano.
Visita, usted, un país donde avanzamos hacia la consolidación de nuestra democracia, con pleno respeto a la libertad, a la libertad de culto, a la pluralidad política, a la pluralidad religiosa, a la pluralidad ideológica, que es posible en un Estado laico, como el que somos.
Su visita es motivo de la mayor alegría para el pueblo de México.
Los mexicanos le recibimos con entusiasmo y con emoción, con el corazón en la mano y con los brazos abiertos, como los mexicanos sabemos hacerlo con quienes nos visitan.
Confío en que la visita de Su Santidad ilumine el alma de las mujeres y de los hombres de esta Tierra, en particular, de quienes más sufren, con la profundidad de su pensamiento, como hombre notable y de fecunda inteligencia, que sabemos que es usted.
Y sé que encontrará, como siempre, a un pueblo noble, hospitalario y cálido.
Deseamos que disfrute México, sus sabores, sus colores, sus tradiciones, sus canciones, pero, sobre todo, el amor y el cariño que le ofrecen millones de mexicanos.
Su Santidad:
A nombre del pueblo y del Gobierno de México, le reitero nuestra alegre bienvenida, y le agradezco enormemente su presencia.
Gracias por estar en México.
Le auguro que ésta será una estancia dichosa en nuestro país.
Bienvenido sea.


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