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viernes, 6 de septiembre de 2013
jueves, 11 de octubre de 2012
El matrimonio debe ser una Buena Noticia para el mundo actual
Importante llamado del santo padre Benedicto
XVI en clave de Nueva Evangelización
CIUDAD DEL
VATICANO, domingo 7 octubre 2012 (ZENIT.org).- Dada la importancia del tema, hemos querido destacar
de modo independiente, la reflexión del papa en su homilía de hoy durante la
misa de inauguración de la XIII Asamblea especial del Sínodo de los Obispos, en
la que se refirió a los retos que significa la familia para la nueva
evangelización.
En el evangelio
leído durante la ceremonia, se escucha a Jesús referirse con claridad a la
relación entre el hombre y la mujer, santificada por el Creador en el Génesis,
y perpetuada por el mismo Salvador con sus enseñanzas en la tierra.
En tal sentido,
el papa dijo que el mensaje de la Palabra de Dios se puede resumir en la
expresión del libro del Génesis, y que el mismo Jesús retoma: «Por eso
abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una
sola carne» (Gn. 1,24, Mc. 10,7-8).
"¿Qué nos
dice hoy esta palabra?", se preguntó, y dijo: "el matrimonio
constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en
particular para el mundo secularizado".
Porque esta
unión, "una sola carne", lo debe ser "en la caridad, en el amor
fecundo e indisoluble".
El pontífice
destacó en su homilía, que esto es un signo que habla de Dios con fuerza,
"una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque,
lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las
regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis".
Esta relación no
es casual, según dijo, porque al estar el matrimonio, unido a la fe, "como
unión de amor fiel e indisoluble" que "se funda en la gracia que
viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la
cruz", entonces, "hay una evidente correspondencia entre la crisis de
la fe y la crisis del matrimonio".
Recordó a
propósito lo que la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo: "el
matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva
evangelización".
Invitó así a
trabajar por las familias, dirigiendo la mirada "a las muchas
experiencias, vinculadas a comunidades y movimientos, que se están realizando
cada vez más también en el tejido de las diócesis y de las parroquias, como lo
ha demostrado el reciente Encuentro Mundial de las Familias". (javv)
domingo, 2 de septiembre de 2012
Divorciados vueltos a casar deben ir a Misa y comulgar espiritualmente
Vaticano:
1
Mons. Jean Laffitte
ROMA, 30 Jul. 12 / 10:08 am (ACI/EWTN Noticias).- El Secretario del Pontificio Consejo para la Familia, Mons. Jean Laffitte, recordó que las personas divorciadas vueltas a casar deben participar de la Santa Misa y participar en la Comunión solamente de manera espiritual.
En entrevista concedida a ACI Prensa el 25 de julio en Roma, Mons. Laffitte señaló,
que las personas divorciadas que contrajeron segundas nupcias, aunque no puedan
recibir la comunión eucarística "siguen estando plenamente dentro de la Iglesia" y "siempre pueden tener una comunión
espiritual fructífera".
Al recordar la Exhortación
Apostólica del Beato Juan Pablo II, Familiaris Consortio, el Prelado explicó que existe una
distinción entre la comunión espiritual y la comunión eucarística, que afirma
que sin la primera, no puede existir la segunda.
En este sentido, Mons.
Laffitte indicó que la comunión espiritual es la forma en la que la persona se
une personalmente a Cristo en el momento de la redención del Santo Sacrificio,
para así, después, recibir la comunión eucarística.
En esta perspectiva, "las
personas que por una u otra razón no pueden recibir la Santa Comunión, o
comulgar, siempre pueden tener una comunión espiritual fructífera",
remarcó.
"Esto no es una
disciplina inventada por la Iglesia", recordó, y por lo tanto, en el matrimonio, "los cónyuges hacen un pacto con Dios, y
Dios hace un pacto con ellos", que crea un sacramento indisoluble. Una
segunda unión "lo convertiría en algo contradictorio y contrario a lo
sacramental".
Finalmente, Mons. Laffite
explicó, que para la comunión hace falta preparar el corazón para recibir al
Señor, y de este modo, cuando los divorciados vueltos a casar se abtienen de
recibirla, "dan mucho más honor al Señor con su sacrificio y ofreciéndose
ellos mismos, a través del dolor que tienen en sus corazones, en el sacramento
de la Eucaristía".
"Ellos sufren por esto,
pero, hay más honor dado por el cuerpo de Cristo en esta situación, que en
cuando los bautizados van de manera superficial y a veces, de manera poco
digna, a tomar la Comunión, sea cual sea el estado de sus almas",
concluyó.
Los divorciados vueltos a
casar y el sacramento de la Comunión
La Congregación de la Doctrina
para la Fe expresó en su carta a todos los obispos del mundo de octubre de
1994, que una persona divorciada vuelta a casar no puede participar de la
Comunión, porque el matrimonio "es la imagen de la relación entre Cristo y
su Iglesia".
En ese aspecto, la Iglesia
explica que los divorciados vueltos a casar sin un decreto de nulidad para el
primer matrimonio, se encuentran en una relación de adulterio que no les
permite arrepentirse honestamente, para recibir la absolución de sus pecados y
por consiguiente, la Santa Comunión.
Dentro de este marco, para
acercarse a los Sacramentos de la Penitencia y a la Eucaristía, deben resolver
la irregularidad matrimonial por el Tribunal de los Procesos Matrimoniales u
otros procedimientos que se aplican a los matrimonios de los no bautizados, de
ser el caso.
Al respecto el Beato Juan
Pablo II señala que "la Iglesia desea que estas parejas participen de la vida de la Iglesia hasta donde les sea posible (y esta
participación en la Misa, adoración Eucarística, devociones y otros serán de
gran ayuda espiritual para ellos) mientras trabajan para lograr la completa
participación sacramental".
lunes, 2 de julio de 2012
El matrimonio tan estimado tan aplazado
EE.UU.: cómo
ven los jóvenes el compromiso
·
JUAN MESEGUER
·
19.JUN.2012
·
¿Cómo ven los jóvenes adultos de clase trabajadora el
matrimonio? Si lo aprecian, ¿por qué lo aplazan? ¿Por qué en EE.UU. la
cohabitación, el divorcio y los nacimientos extramatrimoniales crecen sobre
todo entre los que no completaron la secundaria? El proyecto Love and
Marriage in Middle America, auspiciado por el Institute for American
Values, indaga la visión del amor y del matrimonio que predomina entre los
estadounidenses sin estudios universitarios.
Una de las tendencias sociales más
importantes que está remodelando hoy la institución del matrimonio en EE.UU. es
el surgimiento de una “desigualdad matrimonial”. A descubrirla ha contribuido
el sociólogo estadounidense W. Bradford Wilcox, director del National Marriage
Project y profesor de la Universidad de Virginia.
El estudio que lanzó las tesis de Wilcox a los medios analiza los cambios familiares
que están experimentando los estadounidenses que solo completaron la secundaria
(working class, en inglés). Representan el 58% de la población adulta
con estudios, frente al 30% de los que tienen estudios universitarios (1).
Entre esos estadounidenses sin estudios
universitarios, los cambios familiares son notables. En los últimos treinta
años, el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio pasó del 13% al 44%;
la tasa de divorcio se mantuvo elevada (37%); y el porcentaje de mujeres de 25
a 44 años que habían vivido en parejas de hecho pasaron del 39% al 68%.
En ese mismo período de tiempo, se observa
un panorama muy diferente entre los universitarios. El porcentaje de hijos
extramatrimoniales también sube, pero sigue en unos niveles comparativamente
muy bajos (del 2% al 6%). Lo mismo cabe decir de la cohabitación, aunque aquí
el porcentaje es alto (del 35% al 50%). Pero, sin duda, lo más llamativo es el
descenso de la tasa de divorcio del 15% al 11%.
El matrimonio
que no llega
El estudio de W. Bradford Wilcox forma parte de un
proyecto más amplio llamado Love and Marriage in Middle America. Otra
parte del trabajo reúne entrevistas en profundidad a un centenar de jóvenes
adultos (están en la veintena o la superan por poco) de una localidad de Ohio,
realizadas por los investigadores David y Amber Lapp.
Julia y Rob conviven juntos sin casarse desde hace 12
años. Ella cuida de los dos hijos pequeños de la pareja y, además, hace un
curso on line sobre negocios. Él repara tejados en verano, y transporta
mesas en invierno. A los dos les gustaría casarse, pero la indecisión termina
por imponerse.
Lo curioso es que ambos tienen en alta estima el
matrimonio. Cuando los Lapp les llamaban al teléfono durante el mes que duraron
las entrevistas, siempre saltaba el contestador con la misma canción: Love
Like Crazy. La letra cuenta la historia de una pareja que se casa con 17
años –mientras todos los de su entorno les llaman locos– y, al cabo de los
años, acaban celebrando sus 58 años de casados.
Para los Lapp, este hecho muestra de forma
gráfica las actitudes paradójicas hacia el matrimonio de los jóvenes como Julia
y Rob. Por un lado, expresa el ideal de siempre de la clase trabajadora
norteamericana: la aspiración a una vida familiar estable. Por otro, la
creciente indecisión que lleva a posponer e incluso a rechazar en la práctica
el matrimonio.
“La mayoría de las parejas con las que
hablamos –explican los Lapp– aspiran al matrimonio, o al menos a lo que ellos
tienen en mente que es el matrimonio, principalmente: amor, fidelidad,
estabilidad y felicidad. Esto es coherente con las estadísticas nacionales que
revelan que el 76% de los que tienen estudios de secundaria declaran que el
matrimonio es ‘muy importante’ o ‘una de las cosas más importantes’ en su
vida”.
El problema –añaden– es que aunque los jóvenes
de clase trabajadora sueñen con el amor, el compromiso, la estabilidad y la
familia, tienen una concepción del amor y del matrimonio que frustra esas
aspiraciones. Y si bien es cierto que entran en juego otros factores como los
económicos y sociales, esa inadecuada filosofía del amor y del matrimonio es lo
que contribuye a forjar, según los Lapp, una “nueva normalidad” entre los
jóvenes adultos que solo han completado la secundaria.
Compromiso sí,
pero...
¿En qué consiste esta “nueva normalidad”?
¿Qué es lo que falla en la visión del matrimonio de la clase trabajadora? Para
explicarlo, los Lapp recurren a los testimonios que les ofrecen las entrevistas
realizadas en la localidad de Ohio.
Ricky, de 27 años, es un padre no casado.
Nunca ha creído lo suficiente en el matrimonio, pero ahora tiene fecha de boda
a la vista. “El matrimonio, dice, es estar al lado de otra persona cuando te
necesita en momentos difíciles; alegrándole la vida cuando está triste. Mejorando
juntos el uno al lado del otro”. En otras palabras: para Ricky, explican los
Lapp, el matrimonio es prestarse ayuda mutua y compañía.
Ricky, que se ha embarcado en varias
uniones de hecho, rechaza de plano el divorcio. “Cuando me case, el divorcio ni
se me pasa por la cabeza”. Quizá a esta decisión contribuye la experiencia del
divorcio de sus tías, de sus tíos y de sus primos.
De modo que Ricky también cree en el
compromiso. Y, al igual que todos los que fueron entrevistados por los Lapp,
Ricky considera que la fidelidad en el matrimonio es innegociable.
Aquí tenemos los tres rasgos que componen
la visión del matrimonio de casi todos los entrevistados: ayuda mutua,
compromiso y fidelidad. Pero a medida que profundizan en sus conversaciones,
los Lapp descubren que estos rasgos están condicionados a una palabra mágica:
felicidad.
Brandon, también de 27 años, aprecia el
compromiso matrimonial... pero con posibilidad de devolución. “Si estás casado,
pero crees que el matrimonio no funciona y no vas a luchar por él, no veo
ningún problema en pedir el divorcio. ¿Qué sentido tiene amargarte la vida?”.
A la espera
del partido 10
Los investigadores creen que la idea
–bastante extendida entre los jóvenes de clase trabajadora– de que el
compromiso matrimonial se puede romper cuando ya no se experimenta satisfacción
va unida a una visión del amor centrada en el mito de la pareja perfecta. Un
comentario habitual es el siguiente: “Si falta felicidad probablemente es
porque te casaste con la persona equivocada o porque faltó amor al principio de
la relación”.
John, de 21 años, convive con su pareja.
Dice que uno no sabe que ha encontrado a la persona adecuada “hasta que tienes
la certeza 100% de que la otra persona será la que te hará feliz”. También
Maggie, de 20 años, anda buscando al Príncipe Azul con el que aspira ser feliz
toda su vida. Quizá nunca se han planteado que la pareja ideal no es un punto
de partida sino de llegada.
En esa búsqueda, las “emociones fuertes”
ocupan un papel central y son identificadas como la esencia del amor. Si bien
muchos de los jóvenes a los que entrevistaron los Lapp “reconocen los aspectos
objetivos del amor –el cuidado atento de la otra persona, la fidelidad o la
amistad–, tienden a ver los aspectos subjetivos como el indicador auténtico de
que existe amor conyugal”.
A los investigadores del Institute for
American Values les sorprende que, en el transcurso de sus conversaciones sobre
el matrimonio con estos jóvenes, apenas salen mencionados los hijos. Cuando
sacan el tema, a menudo reciben respuestas como las de Ricky: “Claro que un
niño necesita un padre y una madre. Pero eso no tiene nada que ver con el
matrimonio”.
Con este último rasgo queda perfilada la
“nueva normalidad” de la que hablan David y Amber Lapp al definir la visión del
matrimonio que caracteriza a los jóvenes estadounidenses de clase trabajadora.
El matrimonio se concibe como una fuente de
felicidad individual, que no está vinculada necesariamente a los hijos.
Paradójicamente, la búsqueda de una pareja ideal con la que realizar este
proyecto de felicidad acaba dando lugar a un período indefinido de cohabitación;
un período de prueba donde, normalmente, terminan por llegar los hijos, las
rupturas, las nuevas relaciones, pero no la boda.
________________________
NOTAS
(1) W. Bradford Wilcox y Elizabeth
Marquardt. The State of Our Unions 2010. When Marriage Disappears. The
Retreat from Marriage in Middle America. University of Virginia-Institute for
American Values. Diciembre 2010.
EE.UU.: cómo
ven los jóvenes el compromiso
·
JUAN MESEGUER
·
19.JUN.2012
·
¿Cómo ven los jóvenes adultos de clase trabajadora el
matrimonio? Si lo aprecian, ¿por qué lo aplazan? ¿Por qué en EE.UU. la
cohabitación, el divorcio y los nacimientos extramatrimoniales crecen sobre
todo entre los que no completaron la secundaria? El proyecto Love and
Marriage in Middle America, auspiciado por el Institute for American
Values, indaga la visión del amor y del matrimonio que predomina entre los
estadounidenses sin estudios universitarios.
Una de las tendencias sociales más
importantes que está remodelando hoy la institución del matrimonio en EE.UU. es
el surgimiento de una “desigualdad matrimonial”. A descubrirla ha contribuido
el sociólogo estadounidense W. Bradford Wilcox, director del National Marriage
Project y profesor de la Universidad de Virginia.
El estudio que lanzó las tesis de Wilcox a los medios analiza los cambios familiares
que están experimentando los estadounidenses que solo completaron la secundaria
(working class, en inglés). Representan el 58% de la población adulta
con estudios, frente al 30% de los que tienen estudios universitarios (1).
Entre esos estadounidenses sin estudios
universitarios, los cambios familiares son notables. En los últimos treinta
años, el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio pasó del 13% al 44%;
la tasa de divorcio se mantuvo elevada (37%); y el porcentaje de mujeres de 25
a 44 años que habían vivido en parejas de hecho pasaron del 39% al 68%.
En ese mismo período de tiempo, se observa
un panorama muy diferente entre los universitarios. El porcentaje de hijos
extramatrimoniales también sube, pero sigue en unos niveles comparativamente
muy bajos (del 2% al 6%). Lo mismo cabe decir de la cohabitación, aunque aquí
el porcentaje es alto (del 35% al 50%). Pero, sin duda, lo más llamativo es el
descenso de la tasa de divorcio del 15% al 11%.
El matrimonio
que no llega
El estudio de W. Bradford Wilcox forma parte de un
proyecto más amplio llamado Love and Marriage in Middle America. Otra
parte del trabajo reúne entrevistas en profundidad a un centenar de jóvenes
adultos (están en la veintena o la superan por poco) de una localidad de Ohio,
realizadas por los investigadores David y Amber Lapp.
Julia y Rob conviven juntos sin casarse desde hace 12
años. Ella cuida de los dos hijos pequeños de la pareja y, además, hace un
curso on line sobre negocios. Él repara tejados en verano, y transporta
mesas en invierno. A los dos les gustaría casarse, pero la indecisión termina
por imponerse.
Lo curioso es que ambos tienen en alta estima el
matrimonio. Cuando los Lapp les llamaban al teléfono durante el mes que duraron
las entrevistas, siempre saltaba el contestador con la misma canción: Love
Like Crazy. La letra cuenta la historia de una pareja que se casa con 17
años –mientras todos los de su entorno les llaman locos– y, al cabo de los
años, acaban celebrando sus 58 años de casados.
Para los Lapp, este hecho muestra de forma
gráfica las actitudes paradójicas hacia el matrimonio de los jóvenes como Julia
y Rob. Por un lado, expresa el ideal de siempre de la clase trabajadora
norteamericana: la aspiración a una vida familiar estable. Por otro, la
creciente indecisión que lleva a posponer e incluso a rechazar en la práctica
el matrimonio.
“La mayoría de las parejas con las que
hablamos –explican los Lapp– aspiran al matrimonio, o al menos a lo que ellos
tienen en mente que es el matrimonio, principalmente: amor, fidelidad,
estabilidad y felicidad. Esto es coherente con las estadísticas nacionales que
revelan que el 76% de los que tienen estudios de secundaria declaran que el
matrimonio es ‘muy importante’ o ‘una de las cosas más importantes’ en su
vida”.
El problema –añaden– es que aunque los jóvenes
de clase trabajadora sueñen con el amor, el compromiso, la estabilidad y la
familia, tienen una concepción del amor y del matrimonio que frustra esas
aspiraciones. Y si bien es cierto que entran en juego otros factores como los
económicos y sociales, esa inadecuada filosofía del amor y del matrimonio es lo
que contribuye a forjar, según los Lapp, una “nueva normalidad” entre los
jóvenes adultos que solo han completado la secundaria.
Compromiso sí,
pero...
¿En qué consiste esta “nueva normalidad”?
¿Qué es lo que falla en la visión del matrimonio de la clase trabajadora? Para
explicarlo, los Lapp recurren a los testimonios que les ofrecen las entrevistas
realizadas en la localidad de Ohio.
Ricky, de 27 años, es un padre no casado.
Nunca ha creído lo suficiente en el matrimonio, pero ahora tiene fecha de boda
a la vista. “El matrimonio, dice, es estar al lado de otra persona cuando te
necesita en momentos difíciles; alegrándole la vida cuando está triste. Mejorando
juntos el uno al lado del otro”. En otras palabras: para Ricky, explican los
Lapp, el matrimonio es prestarse ayuda mutua y compañía.
Ricky, que se ha embarcado en varias
uniones de hecho, rechaza de plano el divorcio. “Cuando me case, el divorcio ni
se me pasa por la cabeza”. Quizá a esta decisión contribuye la experiencia del
divorcio de sus tías, de sus tíos y de sus primos.
De modo que Ricky también cree en el
compromiso. Y, al igual que todos los que fueron entrevistados por los Lapp,
Ricky considera que la fidelidad en el matrimonio es innegociable.
Aquí tenemos los tres rasgos que componen
la visión del matrimonio de casi todos los entrevistados: ayuda mutua,
compromiso y fidelidad. Pero a medida que profundizan en sus conversaciones,
los Lapp descubren que estos rasgos están condicionados a una palabra mágica:
felicidad.
Brandon, también de 27 años, aprecia el
compromiso matrimonial... pero con posibilidad de devolución. “Si estás casado,
pero crees que el matrimonio no funciona y no vas a luchar por él, no veo
ningún problema en pedir el divorcio. ¿Qué sentido tiene amargarte la vida?”.
A la espera
del partido 10
Los investigadores creen que la idea
–bastante extendida entre los jóvenes de clase trabajadora– de que el
compromiso matrimonial se puede romper cuando ya no se experimenta satisfacción
va unida a una visión del amor centrada en el mito de la pareja perfecta. Un
comentario habitual es el siguiente: “Si falta felicidad probablemente es
porque te casaste con la persona equivocada o porque faltó amor al principio de
la relación”.
John, de 21 años, convive con su pareja.
Dice que uno no sabe que ha encontrado a la persona adecuada “hasta que tienes
la certeza 100% de que la otra persona será la que te hará feliz”. También
Maggie, de 20 años, anda buscando al Príncipe Azul con el que aspira ser feliz
toda su vida. Quizá nunca se han planteado que la pareja ideal no es un punto
de partida sino de llegada.
En esa búsqueda, las “emociones fuertes”
ocupan un papel central y son identificadas como la esencia del amor. Si bien
muchos de los jóvenes a los que entrevistaron los Lapp “reconocen los aspectos
objetivos del amor –el cuidado atento de la otra persona, la fidelidad o la
amistad–, tienden a ver los aspectos subjetivos como el indicador auténtico de
que existe amor conyugal”.
A los investigadores del Institute for
American Values les sorprende que, en el transcurso de sus conversaciones sobre
el matrimonio con estos jóvenes, apenas salen mencionados los hijos. Cuando
sacan el tema, a menudo reciben respuestas como las de Ricky: “Claro que un
niño necesita un padre y una madre. Pero eso no tiene nada que ver con el
matrimonio”.
Con este último rasgo queda perfilada la
“nueva normalidad” de la que hablan David y Amber Lapp al definir la visión del
matrimonio que caracteriza a los jóvenes estadounidenses de clase trabajadora.El matrimonio se concibe como una fuente de felicidad individual, que no está vinculada necesariamente a los hijos. Paradójicamente, la búsqueda de una pareja ideal con la que realizar este proyecto de felicidad acaba dando lugar a un período indefinido de cohabitación; un período de prueba donde, normalmente, terminan por llegar los hijos, las rupturas, las nuevas relaciones, pero no la boda.
________________________
NOTAS
(1) W. Bradford Wilcox y Elizabeth
Marquardt. The State of Our Unions 2010. When Marriage Disappears. The
Retreat from Marriage in Middle America. University of Virginia-Institute for
American Values. Diciembre 2010.
miércoles, 11 de abril de 2012
Las nulidades de los ricos y famosos son una leyenda
Entrevista en
Época
02 ABR 2012 | RAFAEL ESPARZA
Carlos Morán, Juez decano del Tribunal de la Rota.
·
El Tribunal de la Rota de la Nunciatura en España,
una rara avis judicial con cinco siglos de historia, lo integran siete jueces
nombrados por el Papa, al frente de los cuales está el decano, monseñor
Carlos Morán Bustos. Aunque sus competencias son más amplias, este tribunal
es conocido fundamentalmente por sus sentencias sobre nulidades matrimoniales,
casi 7.200 en la última década.
Conversar con Carlos Morán es una delicia,
fundamentalmente por un motivo: sabe de lo que habla. Por eso, su diagnóstico
sobre las consecuencias de la crisis de valores que afecta a la sociedad
española –de la que no escapan un debilitamiento progresivo del amor, del
compromiso, del matrimonio o la familia– es especialmente esclarecedor.
Morán
habla como un cirujano de la afectividad y para ello le avalan tanto su
experiencia de casi 20 años de sacerdocio y sus 12 años como juez de la Rota,
como sus conocimientos: estudios de Filosofía y Teología, su doctorado en
Derecho Canónico (todo ello en Roma) y su licenciatura en Derecho
(Madrid).
El tribunal ha sido noticia por la reciente inauguración de las
nuevas dependencias, tras una rehabilitación que ha durado año y medio. Está
ubicado en un edificio del siglo XV del Madrid de los Austrias.
-Asociamos el Tribunal de la Rota sólo a los veredictos
sobre nulidades matrimoniales. ¿Es así o es un simplismo?
-Desde un punto de vista objetivo, en principio, y como sucede con el resto de tribunales eclesiásticos, somos competentes para conocer cualquier asunto que se plantee y tenga relación con la vida de la Iglesia.
El canon 221 reconoce a
los fieles el derecho a la tutela judicial efectiva, derecho que sólo se puede
ejercer si hay un tribunal al que acudir para defender el patrimonio jurídico
que se considera lesionado.
En la práctica, los temas principales tienen que
ver con los procesos de nulidad del matrimonio, aunque también hemos llevado
otros contenciosos ordinarios, y también algún proceso penal.
-¿Cuántas sentencias de nulidad se dictan al año?
-En los últimos 10 años han entrado 6.985 causas y se han concluido 7.188. Las resoluciones superan a las causas porque en muchos casos fueron presentadas en años anteriores a ese periodo.
-¿Dura mucho un proceso de nulidad?
-Hasta 2007, la duración media entre el conocimiento y la resolución de una causa era de 461 días. Desde 2008 se ha reducido a 313 días.
-Casi un año. ¿No es mucho tiempo?
-La duración depende de varios factores. Unos son de carácter personal, y se deben solucionar poniendo gente preparada y con una dedicación plena. Otros son de naturaleza exclusivamente procesal y tienen que ver con el carácter garantista del proceso, con el cumplimiento de unos plazos ligados a la práctica de los medios de prueba (declaraciones, testigos, peritos…). Dicho esto, aclaro que la relación entre el juez y el número de causas que atendemos es la mayor del mundo. Tenga en cuenta que juzgamos cada causa con un turno de tres jueces, y somos siete, lo que significa que el volumen de trabajo es más que considerable.
-¿Qué razones se dan para la nulidad?
-El capítulo que más se invoca es el grave defecto de discreción de juicio, en torno al 51%. A distancia, se plantean también la incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del matrimonio, un 34%; la exclusión de la prole, un 7%, y la exclusión de la indisolubilidad del matrimonio por parte de los esposos, un 6%.
-¿Qué significa “defecto de discreción de juicio”?
-Se trata de un supuesto de incapacidad para consentir. En concreto, incapacidad para ponderar lo que comporta el matrimonio que se proyecta contraer (ventajas e inconvenientes), e incapacidad para autodeterminarse libremente. Esta incapacidad sólo se puede verificar en situaciones de anomalía o trastorno de personalidad.
-¿Los procesos de nulidad se pueden encasillar como casos
de buenos y malos?
-En absoluto. Nosotros no juzgamos el interior de la persona, no hacemos un juicio moral. Analizamos hechos jurídicos; en concreto, los elementos constitutivos –objetivos y subjetivos– de ese hecho jurídico que llamamos matrimonio.
-Todo esto encaja mal con una voluntad de engaño
consciente o de fraude...
-Los procesos de nulidad tienen una naturaleza declarativa, lo que significa que nos limitamos a constatar la existencia o no de una realidad (no anulamos, declaramos si es o no nulo). Precisamente por ello, no tiene sentido acudir con engaños o mentiras. Mi experiencia me dice que en la mayoría de los casos, las personas que vienen a nuestros tribunales lo hacen por motivos de conciencia. Pueden existir otras motivaciones más prácticas, también legítimas, pero la mayoría lo hace porque se ve internamente interpelada. La Iglesia posibilita que el fiel ejercite un derecho, el de conocer la verdad de su estado personal, el de ponerse en paz con Dios.
-¿Tiene datos también por provincias?
-Las 10 diócesis de las que más causas han llegado en los últimos 10 años son Madrid, con 2.080; Valencia, con 1.147; Barcelona, con 1.101; Santiago de Compostela, 695; Granada, 481; Oviedo, 370; Toledo, 254; Mérida-Badajoz, 188; Pamplona, 175 y Tarragona, con 155.
-Es inevitable que le pregunte por la ‘leyenda urbana’ de
que sólo consiguen la nulidad los ‘ricos y famosos’.
-Ciertamente es una leyenda urbana y no responde en absoluto a la realidad. Seguramente se deba a que se habla sólo de determinadas nulidades. Me gustaría dejar claro, una vez más, que el acceso a la justicia en la Iglesia en absoluto depende de condicionamientos económicos. El Derecho Canónico cuenta con instituciones para proveer el acceso a la tutela judicial efectiva por parte de todos, también de los menos favorecidos económicamente: por ejemplo, patronos estables, patrocinio gratuito y abogados y procuradores de oficio...
-¿Cuesta mucho una nulidad matrimonial?
-No. Dependiendo de los tribunales, las tasas oscilan entre 250 y 400 euros.
-¿Tienen una Justicia gratuita para algunos casos?
-Hay un porcentaje alto de patrocinios gratuitos, de casi un 30%. Es uno de los motivos de que seamos deficitarios en casi un 60% del presupuesto.
-¿A qué se deben tantas rupturas matrimoniales?
-Están muy relacionadas con la crisis cultural profunda que vivimos. Desgraciadamente, asistimos a un derrumbamiento de lo que podríamos llamar valores tradicionales, todo lo cual tiene que ver directamente con una concepción del hombre en general, y con el modo de vivir el amor, el matrimonio y la familia en particular. Las estadísticas en este sentido son más que elocuentes y ratifican que nos encontramos ante una verdadera y nueva epidemia: las rupturas conyugales. Todo esto debe hacernos reflexionar.
-¿Esta crisis afecta únicamente al matrimonio o también
al amor en general?
-Si el matrimonio fuera algo exclusivamente cultural, epidérmico al ser humano, fruto de una determinada educación o de unas creencias, se podría admitir como normal que, habiendo cambiado la sociedad y la cultura, cambiara también el modo de vivir el matrimonio y el modo de configurar la familia. Pero no es así. El matrimonio y la familia son el cauce y destino naturales del amor, tienen que ver esencialmente con la configuración natural del buen amor, con las exigencias naturales de un amor que es donación y entrega, vivido con vocación de permanencia y exclusividad. La pretensión natural de esa unión es institucionalizarse para fundar el matrimonio o la familia. Desde este prisma, la crisis del matrimonio acaba siendo también la crisis del amor.
-Usted se refiere al amor como si estuviera
intrínsecamente unido a la idea del compromiso. ¿Hasta qué punto están
vinculados uno y otro y se concretan en fórmulas como el matrimonio?
-El amor, cuando nace en verdad y autenticidad y se vive como donación, como una entrega, como “estar ontológicamente con el amado” (en palabras de Ortega y Gasset), lleva en sí elementos de permanencia, exclusividad y unidad. Todo eso no puede quedar sometido a la erosión del tiempo; exige ser concretado, institucionalizado, siempre como exigencia natural del buen amor.
-Parece como si algo estuviera poniendo patas arriba la
antropología más elemental...
-La crisis del amor se traduce en una verdadera y trágica crisis del hombre, que es, por encima de cualquier consideración, un ser capaz de amar, llamado al amor, no como destino que le sobreviene, sino como anhelo que está en lo más profundo de su ser. Hasta tal punto es así, que el hombre sólo alcanza la plenitud de lo que está llamado a ser en la medida en que ame y sea amado. Si se trastoca esto, queda trastocado el modo de vivirse el hombre en autenticidad.
-Desde el conocimiento que le proporciona su oficio,
parece obligado preguntarle por las causas de esta nueva realidad social...
-Son muchas y variadas. Desde luego, una esencial es la pérdida de la visión trascendente de la vida, el haber desterrado a Dios de tantas familias y matrimonios, el no vivir el amor como un don de Dios, como cauce de santificación. Junto a ello hay que llamar la atención sobre una errónea concepción y una equivocada vivencia del amor, no como donación-entrega al otro, sino como apropiación del otro. En todos esos casos, además, se exagera la parte sentimental-psicológica. Hay otras muchas causas, en fin, como el relativismo y el subjetivismo, el individualismo a ultranza, la defensa equivocada de la autonomía personal como último criterio del obrar. También hay una especie de socialización de la inmadurez, que hace difícil convivir, aceptar al otro, asumir la responsabilidad, y la ausencia de planteamientos personales que involucren la voluntad y que cuenten con la asunción de sacrificios, con la renuncia, con la superación de las dificultades y de los problemas que puedan surgir.
-En esas razones se mezclan principios religiosos y
morales con psicología y una visión filosófica de la realidad. ¿Qué podría
facilitar que compartieran ese planteamiento un creyente y un agnóstico?
-Partir de una misma experiencia: la del matrimonio como realidad natural o inclinación natural del buen amor. Hoy está atacado no sólo el matrimonio sacramento, también el matrimonio que podríamos llamar natural. Hay que luchar contra la privatización del matrimonio, contra esa visión que lo entiende como algo coyuntural, sin involucraciones personales…; todo ello es falso. El matrimonio es una institución natural, del mismo modo que el acceso al mismo es un derecho natural (ius connubii) y que la capacitación para vivir el matrimonio responde a una configuración ontológica.
-¿Es posible dar la vuelta a esta situación?
-No es fácil, pero es muy necesario que así sea, y esta debe ser nuestra esperanza y la motivación de nuestro obrar en tantos ámbitos.
Creo que el mayor
desafío para la Iglesia es la evangelización de las familias, lo que
contribuirá a su robustecimiento.
La intuición del beato Juan Pablo II en este
sentido fue profética. De ello resultará beneficiada también la sociedad.
Las
familias cristianas auténticas están llamadas a ser sal y luz en una sociedad
demasiado informe, entenebrecida.
-Hace unos años, la mayoría de los matrimonios eran por
la Iglesia. Me imagino que le preocupa el número creciente de matrimonios
civiles.
-El otro día leí unas estadísticas muy preocupantes sobre Cataluña. La bodas religiosas, que eran el 66% en el año 2000, habían caído al 21,3% en 2010.
El
año pasado, los matrimonios civiles fueron 20.267 y los católicos 5.879. Aunque
estos datos no se pueden extrapolar al resto de España, nos deben llevar a una
reflexión profunda y a una acción muy seria.
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