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lunes, 30 de julio de 2012

Tienden a niños la mano para lograr superación


| APOSTOLADO | EN LOS MEDIOS

El Grupo Reforma publica en el periódico El Norte de Monterrey (México) un artículo sobre la labor de los colegios Mano Amiga al celebrar su XXX Aniversario


Desde hace tres décadas, la institución Mano Amiga es un puente para miles de niños hacia una vida mejor.  
Desde las faldas del Cerro de las Mitras, en la Colonia San Pedro 400, Julián Valenciana inicia su rutina de lunes a viernes a las 6 de la mañana.
Tiene como destino el Instituto Mano Amiga ubicado al sur de Monterrey en la Colonia La República donde cursa tercer semestre de prepa.
Su padre lo lleva en carro pero tiene compañeros del sector, antes llamado Fomerrey 22, que deben levantarse un par de horas antes para llegar puntuales a las 7 de la mañana.
Por supuesto que hay escuelas más cercanas, pero es ahí donde quieren estudiar. «Aquí he encontrado un “chorro” de cosas: una buena educación y buena formación humana para ser una mejor persona», dice el joven de 16 años, sexto lugar en aprovechamiento en su grupo. Ligado a
Una Mano Amiga permite soñar...
la institución desde hace 26 años, el profesor Juan Francisco Ocañas Leal, director técnico del colegio de Monterrey, señala que la mayoría de los muchachos que concluyen la secundaria en los planteles Mano Amiga de San Pedro y Santa Catarina solicitan cursar la prepa en Monterrey, sin importar la distancia (actualmente hay 44 alumnos de esos municipios en los cuatro semestres).
«Quien llega aquí, no se quiere ir y, cuando se va, lo extraña», asegura.
La relación entre familia, maestros y alumnos es la clave del éxito de este modelo educativo, de inspiración católica, donde la responsabilidad, la disciplina y el orden se aplican en cada una de las actividades.
No por nada, en el presente ciclo escolar, en el colegio de Monterrey, se presentaron 300 solicitudes de primer ingreso a preescolar, de las cuales, por cuestiones de cupo, sólo entraron 90.
«El arraigo de los maestros es otro rasgo que identifica a los colegios, donde también trabajan de planta especialistas en psicología y trabajo social», advierte Ocañas Leal. «Al maestro se le da el


valor que originalmente debe tener, como un ser fundamental en la formación del individuo.
En muchos colegios se le toma como un empleado que da clases, pero no como el verdadero guía que debe ser al acercar y tratar mucho a las familias», comenta.
Además de las pláticas de valores, en la Escuela para Padres, con sesiones mensuales en cada plantel, tres veces a la semana se atiende a madres de familia que, voluntariamente, toman cursos de cocina, corte y confección, manualidades, tejido e incluso alfabetización.

Educan familias  
Aunque a simple vista parece una escuela como cualquier otra, donde los chiquillos se dejan ver atentos en las aulas y juguetones a la hora del recreo, no es común lo que ahí se aprende.
Y es que en los colegios Mano Amiga, con presencia en Monterrey desde hace tres décadas en atención a niños y jóvenes de escasos recursos, se busca algo más que educar.
Norma Zambrano de Fernández, presidenta de Mano Amiga La Cima y voluntaria de la institución desde hace 28 años, marca esa
Una Mano Amiga que ofrece formación integral.
 
diferencia al hablar de la cobertura que tienen en los tres centros que funcionan en puntos estratégicos que atienden a zonas marginadas de Monterrey, Santa Catarina y San Pedro.
«Aquí trabajamos con familias, no con niños nada más, en un mismo enfoque de estilo de vida, de valores y virtudes», advierte la presidenta de Mano Amiga La Cima.
En Santa Catarina y San Pedro se ofrece desde preescolar hasta secundaria, mientras que en el plantel de Monterrey es el único que también ofrece estudios de bachillerato, explica María Elena Castellanos de Acosta, presidenta de Mano Amiga Monterrey desde hace nueve años.
Un modelo exitoso
Esta obra de promoción social de los Legionarios de Cristo, con presencia en países como Colombia, Venezuela, Chile y Estados Unidos, nació en Monterrey en enero de 1974, en la Colonia La República.
Un grupo de damas, inquietas por la formación que recibían los niños de los barrios encaramados en el Cerro de la Campana y la cara sur de la Loma Larga, pusieron manos a la obra en un terreno ubicado en el cruce de Camino al Mirador y Avenida Lázaro Cárdenas.
En 1989, unos meses después del devastador Huracán Gilberto, el modelo se replicó en la colonia que nació para dar techo a los damnificados y, un año después, nació Mano Amiga La Cima, en lo más alto de
  
 

San Pedro 400. En cada uno de estos dos centros hay alrededor de 750 alumnos, mientras que en el primer plantel hay 823 estudiantes en los cuatro niveles.
Por su educación, ellos aportan 100 pesos mensuales, cantidad que en muchos casos no puede ser cubierta más que a plazos, dada la situación económica de las familias beneficiadas, señala Zambrano de Fernández.
La aportación es casi simbólica, ya que la obra se sostiene con el apoyo de colegios hermanos como el Irlandés, CECVAC e Himalaya, así como donativos de empresas y particulares.
«El costo real, por niño, es de unos 900 pesos por mes», señala Castellanos de Acosta.  
Las colaboradoras, que suman alrededor de 250, siempre están en la búsqueda de manos amigas que deseen fortalecer esta cadena.
Laura Rodríguez de Montemayor, tesorera del comité, señala que cada peso que ingresa a la institución se aprovecha al máximo.
«Nuestros benefactores tienen la seguridad de que sus donativos tienen un destino directo y eficiente», añade.
Eso sí, se busca que, el día de mañana, no regresen con sus hijos. Y si un ex alumno llega a tocar la puerta, en busca de un lugar, es que algo falló con ese muchacho, comenta Ocañas Leal.
Oportunidad para la vida
Lo que aquí se enseña trasciende más allá de las aulas, asegura Petrita Lira de Rico, madre de seis hijos, cuatro de ellos actualmente alumnos del Mano Amiga La Cima.
«No sólo hay muy buen nivel académico, sino también de formación.
Se da una disciplina no nada más a ellos, sino también a nosotros como padres porque nos orientan acerca de los valores para ser personas de bien», señala.
Con dos jóvenes universitarios en casa, egresados del instituto, donde aún estudia su hija menor, Antonio Galaviz aplaude la existencia del plantel educativo, donde la perseverancia y la puntualidad son normas cotidianas.
«He seguido muy de cerca la vida del colegio, porque mis hijos han estado aquí, y no podría sentirme más contento de lo que les han enseñado», advierte.
Para Mayra Alejandra Marroquín, una jovencita de 16 años que cursa el tercer semestre de prepa, es un orgullo decir que ella, alumna desde kínder, así como tíos y primos, han pasado por ahí.
«Esta institución ha sido como un empujón para muchos niños que viven en zonas donde no hay posibilidades de salir adelante», dice la chica, que desea convertirse en abogada.
Con un lazo familiar de 23 años con el colegio, ya que uno de sus hermanos formó parte de las primeras generaciones, Francisco Javier Morales, estudiante de preparatoria, señala que en Mano Amiga ha encontrado un cobijo protector.
«Aquí nunca te dejan solo; si alguien tiene problemas, los directivos te apoyan, es como un segundo hogar», dice.
No duda que la vocación por el magisterio, en dos de sus hermanos, haya brotado por ese ambiente de apoyo que encontraron en su paso por el colegio.
La institución sigue de cerca los pasos de sus egresados, quienes tienen un buen récord de aceptación en los exámenes de admisión de universidades públicas y privadas.
Hace casi un mes arrancó una campaña para apadrinar a los alumnos en su formación.
Con aportaciones mensuales a partir de 100 pesos, los benefactores pueden convertirse en un eslabón de este proyecto.
Para más informes hay que comunicarse al 8357-1515. Copyright © Grupo Reforma Servicio Informativo

FECHA DE PUBLICACIÓN: 2003-12-09


martes, 24 de julio de 2012

Tenía que decidirlo ya


| RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Gabriel María Abascal Castro
P. Gabriel María Abascal Castro

Durante la Semana Santa del año 2000, al finalizar mi año como colaborador en el Regnum Christi, me pusieron al frente de un grupo de jóvenes misioneros en la Sierra de Puebla durante las misiones de evangelización que se organizan en México anualmente. Yo no era sólo un misionero más, sino que el obispo del lugar, por la falta de sacerdotes, me pidió ser ministro extraordinario de la Eucaristía. De modo que tuve que dirigir las paraliturgias de esos días, exponer la Eucaristía, dar la comunión… en fin, hice todo aquello que no eran funciones propiamente sacerdotales. En la paraliturgia de la Resurrección, di por última vez la comunión a las personas que visitamos durante las misiones. Esa noche la gente del pueblo organizó una cena para despedir a los misioneros. Recuerdo que cuando las personas se acercaban a mí, sólo me agradecían el haberles llevado a Cristo Eucaristía y me animaban a continuar con mi “carrera” sacerdotal. No sabían que en mi mente, durante veinte años, había tratado de cultivar la idea de que la última opción en mi vida, era la de ser sacerdote. Eso era verdad, jamás trabajé o soñé en serlo, pero también era cierto que desde pequeño Dios de alguna manera ya me llamaba. Primero fue un susurro, luego una llamada y a esas alturas de mi vida, viendo que la gente humilde valoraba más que yo la Eucaristía, Dios ya me gritaba. No podía ser indiferente. Tenía que decidir algo importante en mi vida y… ¡tenía que decidirlo ya!

Y tú, ¿qué quieres ser Gabriel…?

Nací el 17 de abril del 1980 en el seno de una familia cristiana, y puedo decir con toda sencillez y honestidad, que tuve la gracia de tener a unos padres estupendos. Muchas veces he pensado que Dios me va a pedir cuenta de este don tan grande, pues jamás conocí mejores padres que los míos. De ese matrimonio nacieron cinco hijos: tres hombres y dos mujeres. Yo soy el más grande de los hombres y el segundo de todos.

Desde pequeño, cuando mis padres u otros adultos nos preguntaban a mis hermanos y a mí qué queríamos ser de grandes o a qué nos íbamos a dedicar, recuerdo que todos tenían respuestas inmediatas: mi hermana quería ser maestra de kínder, mi hermano futbolista (o carnicero… porque mi papá siempre platicaba con los carniceros y se hacía amigo de ellos), mi otra hermana bióloga marina y mi hermano menor coronel del ejército… “Y tú, ¿qué quieres ser Gabriel…?” Yo, o no contestaba o me encogía de hombros. Y claro que había una respuesta en mi interior.

Desde muy pequeño, algo me taladraba la conciencia de que yo tenía que hacer algo muy grande con mi vida y que era muy importante prepararme para eso. No sabía con certeza qué iba a ser, pero al mismo tiempo la seguridad de que era algo especial siempre estuvo ahí. Quizá nunca contesté a la pregunta por miedo a exponer a todos que mis aspiraciones eran muy altas o porque había algo en mi interior que era tan sagrado que no podía compartirlo a esa edad. Mi padre me recordó esto mucho tiempo después, cuando yo estaba a punto de ingresar al noviciado de los Legionarios de Cristo.

Crecí en la Ciudad de México y cuando mis papás tuvieron que escoger una escuela para complementar mi formación, escogieron el Instituto Cumbres, colegio de los Legionarios de Cristo. Puedo decir que mi infancia fue muy normal con actividades de cualquier niño. Ciertamente en casa vivíamos la fe a fondo. Tengo muchos recuerdos de mis hermanos y yo, rezando el rosario alrededor de la cama de mis padres. También recuerdo las semanas santas en casa, donde mi papá hacía que de verdad viviéramos el luto de los días de la Pasión del Señor y la alegría de la Resurrección. En Viernes Santo no veíamos televisión, ni escuchábamos música y de alguna manera, aunque éramos niños, vivíamos el ayuno. ¿Vacaciones en Semana Santa? ¡Ni hablar! Y si alguna vez salimos, guardamos los días santos. En mi casa se celebraban los onomásticos al igual que los cumpleaños y mis papás nos enseñaron a leer en voz alta con el libro del “Santo de cada día”. Toda esta formación que recibí de mis padres encajó perfectamente con lo que en el Instituto Cumbres me enseñaban.

Los buenos amigos fueron siempre una gran ayuda…

Es por esto que, ya desde quinto de primaria, aparte de las actividades deportivas de la tarde, me quedaba en el club del ECYD una vez a la semana para hacer apostolado con mis amigos.

Creo que para mis amigos y para mí fue determinante en nuestra adolescencia el ECYD, esto es, un grupo de adolescentes que hacen un compromiso de amistad con Cristo para vivir su cristianismo con audacia, formarse bien y divertirse al máximo. Recuerdo mis años de secundaria como los mejores años de mi vida. En esa edad, en la que empiezan las fiestas, las salidas y los planes sociales, me encontré protegido por mi equipo del ECYD y lo que éste me ofrecía. Tengo recuerdos de cómo nos preocupábamos todos por guardar nuestra vida de gracia y cómo acudíamos a la confesión en los recesos de la escuela. Y por otro lado, también conservo en mi memoria cómo, antes de salir a las fiestas, algunas veces rezábamos en casa de alguno de nosotros, nuestras oraciones de la noche. Quizá por el ambiente de la Ciudad de México, fuimos bastante precoces: en primero de secundaria ya habíamos ido de “antro”, y con catorce años la mayoría tenía permiso para manejar e íbamos a donde queríamos. Mi primera novia la tuve en segundo de secundaria con la peculiaridad de que ella iba en primero de prepa. No fuimos unos “santurrones”, todo lo contrario, también hicimos cosas juntos de las que ahora no me enorgullezco, pero creo que entre todos nos ayudamos a madurar y a elegir las mejores opciones en nuestra vida. Si ahora veo hacia atrás, me queda claro que Dios me fue preparando y al mismo tiempo me cuidó, como si hubiera puesto una capa de cristal blindado encima de mí, pues a pesar de lo que viví, Él me quería para Sí.

También en esta edad en la que los amigos se convierten en lo más importante, sufrí la muerte de uno de ellos. Se llamaba Pablo. Yo tenía catorce años y él trece y nos llevábamos de maravilla. Una mañana simplemente ya no estaba con nosotros y de pronto me encontré con que nunca más iba a volver. Fue un momento triste pero no dramático. Mi padre no dejó que me estancara en la melancolía y me ayudó muchísimo a superarlo rápido. De todas maneras la muerte me pareció algo muy serio y en mi interior me iba dando cuenta de lo poco que duraba la vida y de que yo no podía desperdiciarla.

  Dentro de todas las actividades que un chico de quince ó dieciséis años puede tener, siempre seguí muy comprometido con las actividades del ECYD y sus apostolados. No sólo era una cuestión social, sino que era una convicción personal que me habían inculcado mis padres desde pequeño. Es por eso que siempre estuve envuelto en actividades y como responsable de chicos más pequeños en los mismos clubes. También participaba en las misiones de Semana Santa, y en torneos, retiros, apostolados, etc. Cuando pasamos a primero de preparatoria había llegado el momento de que nuestro grupo de amigos se incorporara al Regnum Christi. Así lo hicimos en un retiro que tuvimos en “El Dorado”, Edo. de México, al que nos llevó el entonces H. Enrique, instructor de formación de nuestro colegio.

La figura del legionario

Recuerdo que yo admiraba mucho a esos hermanos religiosos legionarios de Cristo que siempre lideraban todas estas actividades. Admiraba su formación religiosa, su formalidad, su liderazgo, la manera como jugaban bien todos los deportes, su formación humana e intelectual. Agradezco los testimonios de esos legionarios que ahora son sacerdotes: Los padres Federico, Gustavo, Enrique, Luis Miguel, y también agradezco a aquellos que fueron legionarios generosos pero que después vieron que el sacerdocio no era su camino: Isaac, Teodoro y muchos más. ¡Fueron un gran ejemplo y ayuda para mí! Ciertamente, aunque los admiraba mucho, ni por la frente me pasaba poder llegar a ser legionario de Cristo como ellos.

  A punto de terminar mi preparatoria, mis padres decidieron que nos mudaríamos a Guadalajara porque ahí mi papá tenía mejores oportunidades laborales y era una ciudad más “vivible” que la Ciudad de México. Fue un cambio positivo en todos los sentidos: vivíamos más tranquilos, conocí otros muy buenos amigos que todavía mantengo, y mi cercanía al Movimiento Regnum Christi creció y creo que fue más madura. Acudía a las actividades y cumplía con los compromisos porque lo sentía como una responsabilidad y parte de mi vida.

El director de la sección de jóvenes a la que acudíamos para nuestras reuniones era en aquel entonces el H. Manuel. Él me ayudó mucho a través de la dirección espiritual a descubrir cuál era la voluntad de Dios en mi vida. En esos años me incorporé al segundo grado del Movimiento Regnum Christi, una etapa de más compromiso y entrega. Justo antes de comenzar la carrera en la universidad, tuve la oportunidad de asistir en el verano de 1999 al Cursillo Internacional de Formadores que se organiza cada año en Roma para todos los formadores del Movimiento. Después de ese período vivido en Roma, me di cuenta de que quizá Dios me estaba pidiendo algo y tenía que quitármelo de encima pronto… Me entusiasmaba la idea de regresar a México y comenzar una carrera en derecho, ciencias políticas o relaciones internacionales, pero por otro lado sentía en mi interior que quizá Dios me pedía otra cosa. Así que decidí dar un año de colaborador, es decir, un año de voluntariado católico al interno de la Iglesia y del Movimiento.

En agosto de 1999 me destinaron a la ciudad de Puebla, donde pude ayudar durante un año como responsable de algunos grupos de jóvenes y como organizador y auxiliar de varios apostolados juveniles de la ciudad. Durante ese año tuve como director espiritual al P. José de Jesús Rodríguez Carmona, L.C. q.e.p.d., y le abrí mi alma, las inquietudes que tenía y cómo sentía que Dios me estaba de alguna manera pidiendo más entrega. Él me fue guiando sabiamente durante esos meses sin ejercer ningún tipo de presión en mis decisiones. Recuerdo que en un par de ocasiones me eché a llorar en su despacho, en plena dirección espiritual, por no saber con certeza absoluta qué era lo que Dios me pedía. Me aterrorizaba el hecho de desprenderme de mis sueños, mis proyectos, mis ilusiones, mi familia, mi carrera, etc. Pero por otro lado me daba cuenta que no podía llegar al matrimonio con el peso en la conciencia de que no había sido generoso con Dios quien me lo había dado todo. Una de las consignas que el P. José de Jesús me dio, y que fue definitiva en mi vocación a la Legión, fue el encomendarme, todas las noches con un avemaría, a la Virgen de Guadalupe, pidiéndole sólo disponibilidad. Eso era lo que yo necesitaba: estar disponible a cualquier cambio de planes por parte de Dios en mi vida. Ella se encargaría del resto.

El momento crucial

Y así fue como en esas misiones de Semana Santa del 2000 de las que hablaba al comienzo de este testimonio, me encontré con la pregunta y la voz de Dios en mi conciencia que ya no sólo me gritaba, sino que me exigía una respuesta pronta. Yo también me la exigía, pues era momento de decidir: universidad o noviciado. Terminando esas misiones me fui a pasar unos días de descanso con la comunidad de los padres de Puebla. Mi mente estaba muy confusa pero al mismo tiempo me daba cuenta de que había pasado los días más felices de mi vida como colaborador y especialmente en esas misiones. Una semana después del Jueves Santo, el 27 de abril de 2000, a diez días de haber cumplido veinte años, tuve una luz muy grande en la hora eucarística: de alguna manera Dios abrió mi corazón y derrumbó todos mis razonamientos y miedos. Fue algo muy especial que no podría explicar fácilmente y mucho menos ponerlo por escrito. Sólo sé que entré a la hora eucarística con mucho miedo a lo que Dios me estaba pidiendo y salí convencido y feliz de haber sido llamado al sacerdocio en la Legión de Cristo. No hubo señales, ni voces, ni nada externamente especial… fue así de sencillo, misterioso y rotundo al mismo tiempo. Obviamente todo había sido parte de un proceso y de un discernimiento, pero aquella hora eucarística fue el momento de la gracia.

A partir de ahí, con la certeza de que Jesucristo me invitaba a ser de sus íntimos, ya todo fue más fácil. Le avisé a mis padres y me apoyaron al cien por cien.

 
Mi vida en la Legión

Entré al noviciado de Monterrey en el verano de ese mismo año e hice mis votos religiosos a los dos años. Después continué mis estudios de humanidades en Salamanca, España. Al finalizar ese año, durante el verano de 2003 recibí una llamada de mi hermana mayor en la que me pedía que fuese a México porque mi papá se había puesto grave de muerte. Tomé un avión y pude acompañar en sus últimos días, de manera muy cercana, al hombre que me había dado la vida y al que le debía toda mi formación y educación. Una vez más la muerte se presentaba de manera sorpresiva en mi vida. Fueron momentos muy tristes, pues mi padre sólo tenía cuarenta y siete años y yo sentía que todavía no terminaba de admirarlo, agradecerle y disfrutarlo. La convicción de que había sido un hombre de bien y de que había alcanzado el Cielo, me ayudaron a continuar con más decisión en mi camino hacia el sacerdocio.

Posteriormente me trasladé a Roma para hacer mis estudios de filosofía. Después de eso trabajé con adolescentes y jóvenes en la ciudades de Guadalajara y de Monterrey. En algunos períodos de mi camino hacia el sacerdocio, también pude ayudar en la formación de mis hermanos legionarios como superior de un grupo de hermanos en Roma y como vicerrector en nuestro centro de Noviciado y Humanidades de Cheshire, Estados Unidos. La Legión para mí ha sido y es una aventura que vale la pena vivir. Es verdad que no todo ha sido fácil, pues también ha habido momentos duros, pero la convicción de que no fui yo quien escogió este camino para mí y la constante presencia descarada de Dios en mi vida me han ayudado a llegar hasta este momento tan esperado del sacerdocio.


EL P. GABRIEL MARÍA ABASCAL CASTRO nació en la Ciudad de México el 17 de abril de 1980. Realizó sus estudios en el Instituto Cumbres, colegio de los Legionarios de Cristo, formó parte del ECYD y del movimiento Regnum Christi. Después de un año de colaborador en dicho Movimiento, consagró su vida a Dios ingresando al noviciado de la Legión de Cristo en la ciudad de Monterrey. Cursó sus estudios humanísticos en Salamanca (España). Estudió su bachillerato en filosofía y teología en Roma, por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Por años ha colaborado en la formación de adolescentes en diversas instituciones de la Legión y en los últimos años también ayudó a la formación de seminaristas legionarios, primero en Roma y después en Estados Unidos. Hoy día ejerce su ministerio
en la ciudad de Monterrey (México).


domingo, 22 de julio de 2012

Si Tú le regalas la vida yo te lo consagro a Ti!


| RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS

Testimonio vocacional del P. José Guadalupe Padua Monroy
P. José Guadalupe Padua Monroy
Algunos se preguntarán de dónde saqué esta frase para colocarla como título de este testimonio. Mi nombre es José Guadalupe Padua Monroy y nací un 12 de diciembre, gracias a un milagro que la Virgen de Guadalupe le concedió a mi mamá. Fue un milagro que les contaré al final de esta historia para que se vea claramente cómo María Santísima me fue guiando hacia el sacerdocio.
  Cómo es mi familia

  Nací en la Ciudad de México. Somos seis hermanos en casa. Crecí en un hogar católico y lleno de mucho amor durante mis primeros siete años. Después, todo cambió para mí y para mi familia. Al inicio no entendía, pero más tarde me di cuenta que mi papá nos había dejado. Cuando tenía yo catorce años, él regresó a casa y hubo una pequeña reconciliación pero no duraría mucho: meses después nos dejaría nuevamente. Mi madre se hacía cargo de seis hijos; educación, vestido, salud, alimentación y mucho amor. Ella siempre nos inculcó el perdón y respeto a nuestro papá a pesar de todo lo que había hecho.


Una invitación al seminario que no olvidaría

  Mi adolescencia fueron años difíciles para mi mamá. Yo fui rebelde, poco estudioso y no me gustaba estar en casa. Me escapaba de la escuela con mis amigos y amigas. Atribuía esta rebeldía a la separación de mis papás. Mis hermanos, en cambio, sí estudiaban y trabajaban para poder salir adelante.

  Mi rebeldía cambió cuando me invitaron a participar en un grupo juvenil que se llamaba Pentecostés. Me gustó mucho: buen ambiente, oración, juegos, música y baile. Íbamos todos a misa los domingos por la noche y las reuniones del grupo eran los sábados. Cada semana el grupo crecía. Éramos entre 150 y 200 jóvenes reunidos todos los fines de semana. También teníamos nuestros retiros, convivencias, fiestas y no podía faltar el baile. Esto duró dos años; la rebeldía ya había bajado y las notas de clases habían subido. Mi mamá estaba muy contenta.

  Un fin de semana nos dijeron que tres jóvenes del grupo se estaban preparando para ir al seminario. En el festejo y la despedida uno de ellos me preguntó si me gustaría ir al seminario también. Yo le contesté que sí pero que no ahora. En el camino de regreso escuchaba esa invitación continuamente en mi interior.

  Llegando a casa esa tarde mi mamá me estaba esperando en la puerta, seria y enojada. Me dijo: “¡Quiero hablar contigo!”. Me llamó la atención muy duro. Mi mamá estaba muy enojada y triste por mi forma de actuar. Al final me dijo: “¿Qué vas a hacer con tu vida si sigues así, qué quieres ser?” y lo primero que le respondí fue: “¡Voy a ser sacerdote!”. Ella me miró y se puso a llorar


C
omienzo a hablar con Dios

  Me fui a vivir a Zacatecas para estudiar la preparatoria y tuve que dejar el grupo de la parroquia. Durante estos años los estudios y la diversión eran lo principal y no me preocupaba por la vida espiritual. También en ese periodo conocí una niña que me ayudó mucho en todos los aspectos. Fuimos novios y teníamos muchos planes. Uno de ellos era ir a Guadalajara a estudiar Ciencias de la Comunicación para después trabajar en los medios.

A finales de mi último año de preparatoria salió una convocatoria de la fundación Telmex para obtener una beca de estudios. Me animé a participar y durante los días de las pruebas fui a la catedral a hablar con Dios y en diálogo le preguntaba: “¿Por qué yo no puedo tener una computadora, una beca de estudio, por qué no puedo estudiar en una universidad particular, etc.?”. Esta visita a la catedral marcó algo en mi alma: empecé a buscar el diálogo con Dios.

  El día 15 de agosto la fundación Telmex me dio la noticia que había ganado la beca que consistía en: un salario mínimo para pagar mis estudios, una computadora y algunas actividades dentro de la fundación. Todo esto me hizo recordar el día en que comencé a hablar con Dios en la catedral. Gracias a Él terminé también mi licenciatura en Derecho.

Juan Pablo II

  Todo esto me había sucedido en
El P. José en plena transmisión de un programa de Guadalupe Radio
1999, mientras estábamos recibiendo la visita de Juan Pablo II. El día en que llegó a la Ciudad de México me tocó ir a las oficinas de gobierno para dejar unos documentos. Al salir de la estación del metro me di cuenta que la gente se estaba acomodando en la avenida para ver pasar al Papa. Me dije: “¡Ah! Es sólo una pasada rápida del Papamóvil. Nadie lo verá bien”. En ese momento se empezó a escuchar: “¡El Papa ya viene!”. Corrí a un lugar alto sólo para ver el rostro del Papa, y sentí su mirada. Me dio mucha emoción y las lágrimas se me salieron. Y me empecé a preguntar: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?, ¿Por qué no estoy respondiendo a Dios?”. Poco tiempo después estaba buscando consejo vocacional.
La Legión de Cristo por internet

  En esta búsqueda vocacional, un sacerdote amigo en Roma me recomendó conocer al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo. Me metí a las páginas de internet y mandé unos mensajes. Después de algunos días recibí un mensaje del P. Ricardo quien me decía que un padre iría a Pachuca y podría hablar con él. Era el P. Jesús, de Venezuela. Me impresionó mucho su porte de religioso. Después de algunos meses me invitó para ir al candidatado. Mi problema era conseguir permiso para ausentarme tres meses en el trabajo.

Un día fui a la Basílica de Guadalupe. Le llevé una veladora como todo buen guadalupano y en diálogo con ella le pedía su ayuda para responder a lo que Dios me estaba pidiendo. Creo que ella no ha fallado nunca a su palabra, siempre me ha acompañado durante todo este camino.

  Y ahí pasaban los meses sin darme cuenta

Llegué al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, donde sería el tiempo de prueba vocacional. Al entrar por primera vez, me llené de mucha alegría y paz al ver al Santísimo expuesto y a tantos hermanos novicios con sus sotanas negras en adoración. No sabría cómo describir esos momentos. Y así pasaron los meses. Después de una semana en el candidatado me llené de valor para irme a confesar. Habían pasado años desde la última vez.

Sentía que Dios me llamaba, pero al mismo tiempo pensaba que tarde o temprano me iban a decir que ya podía regresar a mi casa porque no me iban a aceptar. El día 15 de agosto, después de la misa solemne de la Asunción de la Virgen, el superior me mandó a llamar y me dije: “Ahora me lo dirán”. Pero para mi sorpresa el P. Jesús quería felicitarme porque había sido aceptado para iniciar el noviciado en la Congregación. Fui a ponerme de rodillas ante la imagen de la Virgen para darle las gracias.

La formación en la Legión de Cristo

  Después de mi noviciado en Monterrey, me fui a Salamanca, España, y después a estudiar filosofía en Nueva York. Fue muy difícil para mí aprender inglés. Al siguiente año salí de prácticas apostólicas a Brasil, donde también me costó aprender portugués… En Nueva York fui a la radio para dar una plática sobre el manto de la Virgen de Guadalupe. Este fue mi lanzamiento en los medios de comunicación. Después de esa oportunidad Dios me fue preparando para un gran apostolado.

Unos meses, antes de partir para Roma para terminar los estudios, pasé por México para visitar a mi familia y para una cirugía en el oído derecho. Pude estar con mi mamá y mi familia antes de los estudios médicos. Pasé el 10 de mayo con mi mamá. Nunca pensé que ese sería el último “día de las madres” que festejaría con ella.

El P. José de Jesús

Durante mi formación me tocó también una gracia muy especial: cuidar al P. José de Jesús Rodríguez Carmona, L.C., quien murió en el año 2008, debido a un cáncer en el cerebro. Esos meses fueron muy importantes y significativos. Con él aprendí a vivir especialmente la misa diaria con gran fervor, y fui testigo de un hombre que quería ser santo ofreciendo su dolor por las demás personas. Todos esos meses me ayudaron a fortalecer mi vocación sacerdotal. Seguido me encomiendo mucho al P. José de Jesús para que me ayude a ser un santo sacerdote, como lo fue él. Algo que marcó mucho mi vida fue lo que les dijo a los médicos y quienes le aconsejaban en su enfermedad sobre la celebración eucarística: “Por favor, no me quiten lo único que puedo hacer: celebrar la Eucaristía”.


¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?

Estando en Roma me llamó por teléfono mi hermana. Llorando me daba la noticia que mi mamá había fallecido. Al final de la llamada fui directamente a la imagen de la Virgen de Guadalupe: “Madre Santísima ahora necesito de tu protección, no me dejes solo”, y recordé sus palabras a san Juan Diego: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”. Eso me dio fortaleza y paz para aceptar la muerte de mi mamá. Le pedí a María Santísima que me concediera la gracia de celebrar como sacerdote una misa por mi mamá en su basílica del Tepeyac.


Me ordeno el día de mi Madre, pues soy su milagro

Al recibir la noticia que mi ordenación sacerdotal sería el 12 de diciembre, el mismo día en que Dios me concedió la gracia de nacer, me llené de alegría y gratitud hacia Dios y hacia María Santísima de Guadalupe.

Ahora sabrán porque es tan especial esta fecha para mí: nací el 12 de diciembre gracias a un milagro de la Virgen de Guadalupe. Mi mamá estaba embarazada conmigo y se encontraba en casa haciendo la limpieza y entre una actividad y otra, se tropezó, cayó y se golpeó el vientre, lo que causó una hemorragia que duró tres días: del 9 al 11 de diciembre. El 12 de diciembre se sintió un poco mejor y la hemorragia cesó, por lo cual pudo levantarse de la cama, arreglarse un poco la cara y salir a comprar leche para dar de desayunar a mis hermanos. Pero cuando llegó a la lechería se desmayó otra vez y volvió la hemorragia. Inmediatamente la socorrieron y la llevaron al hospital. En el hospital le avisaron que el niño podría tener muchos problemas al nacer. Comenzó el parto y se complicó más porque estaba saliendo primero por los pies y con el cordón umbilical enredado en el cuello.
 Cuando me colocaron en la incubadora para socorrerme, vieron que, a pesar de los tratamientos correspondientes, no respiraba. Le dijeron a mi mamá: “¡Su hijo está muerto, no respira y no podemos hacer ya nada!”, y mi mamá con lágrimas en sus ojos elevó una oración a la Virgen de Guadalupe: “Madre Santísima, si tú le concedes la vida a mi hijo, yo te lo consagro a ti”. Y en ese mismo momento comencé a respirar. Fue un milagro.
 
“Por la imposición de manos del Obispo me llamaste para servir a tus hijos. Ignoro por qué razón me elegiste; Tú sólo lo sabes. Pero Tú, Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, como lámpara que alumbre. Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile” (San Juan Damasceno).
EL P. JOSÉ GUADALUPE PADUA MONROY nació en la Ciudad de México el 12 de diciembre de 1975. Al terminar sus estudios de Derecho ingresó en el noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) en el año 2000. Cursó los estudios humanísticos en Salamanca (España). Colaboró como promotor vocacional en Curitiba (Brasil). Realizó sus estudios de filosofía en Thornwood (Estados Unidos), y el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma (Italia). Actualmente trabaja en Los Ángeles, California (Estados Unidos), en Guadalupe Radio 87.7
FM y en Guadalupe TV 54.3.


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