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Testimonio
vocacional del P. Gabriel María Abascal Castro
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Durante la Semana Santa del año 2000, al finalizar mi año como colaborador en el Regnum Christi, me pusieron al frente de un grupo de jóvenes misioneros en la Sierra de Puebla durante las misiones de evangelización que se organizan en México anualmente. Yo no era sólo un misionero más, sino que el obispo del lugar, por la falta de sacerdotes, me pidió ser ministro extraordinario de la Eucaristía. De modo que tuve que dirigir las paraliturgias de esos días, exponer la Eucaristía, dar la comunión… en fin, hice todo aquello que no eran funciones propiamente sacerdotales. En la paraliturgia de la Resurrección, di por última vez la comunión a las personas que visitamos durante las misiones. Esa noche la gente del pueblo organizó una cena para despedir a los misioneros. Recuerdo que cuando las personas se acercaban a mí, sólo me agradecían el haberles llevado a Cristo Eucaristía y me animaban a continuar con mi “carrera” sacerdotal. No sabían que en mi mente, durante veinte años, había tratado de cultivar la idea de que la última opción en mi vida, era la de ser sacerdote. Eso era verdad, jamás trabajé o soñé en serlo, pero también era cierto que desde pequeño Dios de alguna manera ya me llamaba. Primero fue un susurro, luego una llamada y a esas alturas de mi vida, viendo que la gente humilde valoraba más que yo la Eucaristía, Dios ya me gritaba. No podía ser indiferente. Tenía que decidir algo importante en mi vida y… ¡tenía que decidirlo ya!
Y tú, ¿qué quieres ser Gabriel…?
Nací el 17 de abril del 1980 en el
seno de una familia cristiana, y puedo decir con toda sencillez y honestidad,
que tuve la gracia de tener a unos padres estupendos. Muchas veces he pensado
que Dios me va a pedir cuenta de este don tan grande, pues jamás conocí
mejores padres que los míos. De ese matrimonio nacieron cinco hijos: tres
hombres y dos mujeres. Yo soy el más grande de los hombres y el segundo de
todos.
Desde pequeño, cuando mis padres u otros adultos nos preguntaban a mis hermanos y a mí qué queríamos ser de grandes o a qué nos íbamos a dedicar, recuerdo que todos tenían respuestas inmediatas: mi hermana quería ser maestra de kínder, mi hermano futbolista (o carnicero… porque mi papá siempre platicaba con los carniceros y se hacía amigo de ellos), mi otra hermana bióloga marina y mi hermano menor coronel del ejército… “Y tú, ¿qué quieres ser Gabriel…?” Yo, o no contestaba o me encogía de hombros. Y claro que había una respuesta en mi interior. Desde muy pequeño, algo me taladraba la conciencia de que yo tenía que hacer algo muy grande con mi vida y que era muy importante prepararme para eso. No sabía con certeza qué iba a ser, pero al mismo tiempo la seguridad de que era algo especial siempre estuvo ahí. Quizá nunca contesté a la pregunta por miedo a exponer a todos que mis aspiraciones eran muy altas o porque había algo en mi interior que era tan sagrado que no podía compartirlo a esa edad. Mi padre me recordó esto mucho tiempo después, cuando yo estaba a punto de ingresar al noviciado de los Legionarios de Cristo. Crecí en la Ciudad de México y cuando mis papás tuvieron que escoger una escuela para complementar mi formación, escogieron el Instituto Cumbres, colegio de los Legionarios de Cristo. Puedo decir que mi infancia fue muy normal con actividades de cualquier niño. Ciertamente en casa vivíamos la fe a fondo. Tengo muchos recuerdos de mis hermanos y yo, rezando el rosario alrededor de la cama de mis padres. También recuerdo las semanas santas en casa, donde mi papá hacía que de verdad viviéramos el luto de los días de la Pasión del Señor y la alegría de la Resurrección. En Viernes Santo no veíamos televisión, ni escuchábamos música y de alguna manera, aunque éramos niños, vivíamos el ayuno. ¿Vacaciones en Semana Santa? ¡Ni hablar! Y si alguna vez salimos, guardamos los días santos. En mi casa se celebraban los onomásticos al igual que los cumpleaños y mis papás nos enseñaron a leer en voz alta con el libro del “Santo de cada día”. Toda esta formación que recibí de mis padres encajó perfectamente con lo que en el Instituto Cumbres me enseñaban. Los buenos amigos fueron siempre una gran ayuda…
Es por esto que, ya desde quinto de
primaria, aparte de las actividades deportivas de la tarde, me quedaba en el
club del ECYD una vez a la semana para hacer apostolado con mis amigos.
Creo que para mis amigos y para mí fue determinante en nuestra adolescencia el ECYD, esto es, un grupo de adolescentes que hacen un compromiso de amistad con Cristo para vivir su cristianismo con audacia, formarse bien y divertirse al máximo. Recuerdo mis años de secundaria como los mejores años de mi vida. En esa edad, en la que empiezan las fiestas, las salidas y los planes sociales, me encontré protegido por mi equipo del ECYD y lo que éste me ofrecía. Tengo recuerdos de cómo nos preocupábamos todos por guardar nuestra vida de gracia y cómo acudíamos a la confesión en los recesos de la escuela. Y por otro lado, también conservo en mi memoria cómo, antes de salir a las fiestas, algunas veces rezábamos en casa de alguno de nosotros, nuestras oraciones de la noche. Quizá por el ambiente de la Ciudad de México, fuimos bastante precoces: en primero de secundaria ya habíamos ido de “antro”, y con catorce años la mayoría tenía permiso para manejar e íbamos a donde queríamos. Mi primera novia la tuve en segundo de secundaria con la peculiaridad de que ella iba en primero de prepa. No fuimos unos “santurrones”, todo lo contrario, también hicimos cosas juntos de las que ahora no me enorgullezco, pero creo que entre todos nos ayudamos a madurar y a elegir las mejores opciones en nuestra vida. Si ahora veo hacia atrás, me queda claro que Dios me fue preparando y al mismo tiempo me cuidó, como si hubiera puesto una capa de cristal blindado encima de mí, pues a pesar de lo que viví, Él me quería para Sí. También en esta edad en la que los amigos se convierten en lo más importante, sufrí la muerte de uno de ellos. Se llamaba Pablo. Yo tenía catorce años y él trece y nos llevábamos de maravilla. Una mañana simplemente ya no estaba con nosotros y de pronto me encontré con que nunca más iba a volver. Fue un momento triste pero no dramático. Mi padre no dejó que me estancara en la melancolía y me ayudó muchísimo a superarlo rápido. De todas maneras la muerte me pareció algo muy serio y en mi interior me iba dando cuenta de lo poco que duraba la vida y de que yo no podía desperdiciarla. Dentro de todas las actividades que un chico de quince ó dieciséis años puede tener, siempre seguí muy comprometido con las actividades del ECYD y sus apostolados. No sólo era una cuestión social, sino que era una convicción personal que me habían inculcado mis padres desde pequeño. Es por eso que siempre estuve envuelto en actividades y como responsable de chicos más pequeños en los mismos clubes. También participaba en las misiones de Semana Santa, y en torneos, retiros, apostolados, etc. Cuando pasamos a primero de preparatoria había llegado el momento de que nuestro grupo de amigos se incorporara al Regnum Christi. Así lo hicimos en un retiro que tuvimos en “El Dorado”, Edo. de México, al que nos llevó el entonces H. Enrique, instructor de formación de nuestro colegio.
La figura del legionario
Recuerdo que yo admiraba mucho a
esos hermanos religiosos legionarios de Cristo que siempre lideraban todas estas
actividades. Admiraba su formación religiosa, su formalidad, su liderazgo, la
manera como jugaban bien todos los deportes, su formación humana e
intelectual. Agradezco los testimonios de esos legionarios que ahora son
sacerdotes: Los padres Federico, Gustavo, Enrique, Luis Miguel, y también
agradezco a aquellos que fueron legionarios generosos pero que después vieron
que el sacerdocio no era su camino: Isaac, Teodoro y muchos más. ¡Fueron un
gran ejemplo y ayuda para mí! Ciertamente, aunque los admiraba mucho, ni por
la frente me pasaba poder llegar a ser legionario de Cristo como ellos.
A punto de terminar mi preparatoria, mis padres decidieron que nos mudaríamos a Guadalajara porque ahí mi papá tenía mejores oportunidades laborales y era una ciudad más “vivible” que la Ciudad de México. Fue un cambio positivo en todos los sentidos: vivíamos más tranquilos, conocí otros muy buenos amigos que todavía mantengo, y mi cercanía al Movimiento Regnum Christi creció y creo que fue más madura. Acudía a las actividades y cumplía con los compromisos porque lo sentía como una responsabilidad y parte de mi vida. El director de la sección de jóvenes a la que acudíamos para nuestras reuniones era en aquel entonces el H. Manuel. Él me ayudó mucho a través de la dirección espiritual a descubrir cuál era la voluntad de Dios en mi vida. En esos años me incorporé al segundo grado del Movimiento Regnum Christi, una etapa de más compromiso y entrega. Justo antes de comenzar la carrera en la universidad, tuve la oportunidad de asistir en el verano de 1999 al Cursillo Internacional de Formadores que se organiza cada año en Roma para todos los formadores del Movimiento. Después de ese período vivido en Roma, me di cuenta de que quizá Dios me estaba pidiendo algo y tenía que quitármelo de encima pronto… Me entusiasmaba la idea de regresar a México y comenzar una carrera en derecho, ciencias políticas o relaciones internacionales, pero por otro lado sentía en mi interior que quizá Dios me pedía otra cosa. Así que decidí dar un año de colaborador, es decir, un año de voluntariado católico al interno de la Iglesia y del Movimiento. En agosto de 1999 me destinaron a la ciudad de Puebla, donde pude ayudar durante un año como responsable de algunos grupos de jóvenes y como organizador y auxiliar de varios apostolados juveniles de la ciudad. Durante ese año tuve como director espiritual al P. José de Jesús Rodríguez Carmona, L.C. q.e.p.d., y le abrí mi alma, las inquietudes que tenía y cómo sentía que Dios me estaba de alguna manera pidiendo más entrega. Él me fue guiando sabiamente durante esos meses sin ejercer ningún tipo de presión en mis decisiones. Recuerdo que en un par de ocasiones me eché a llorar en su despacho, en plena dirección espiritual, por no saber con certeza absoluta qué era lo que Dios me pedía. Me aterrorizaba el hecho de desprenderme de mis sueños, mis proyectos, mis ilusiones, mi familia, mi carrera, etc. Pero por otro lado me daba cuenta que no podía llegar al matrimonio con el peso en la conciencia de que no había sido generoso con Dios quien me lo había dado todo. Una de las consignas que el P. José de Jesús me dio, y que fue definitiva en mi vocación a la Legión, fue el encomendarme, todas las noches con un avemaría, a la Virgen de Guadalupe, pidiéndole sólo disponibilidad. Eso era lo que yo necesitaba: estar disponible a cualquier cambio de planes por parte de Dios en mi vida. Ella se encargaría del resto.
El momento crucial
Y así fue como en esas misiones de
Semana Santa del 2000 de las que hablaba al comienzo de este testimonio, me
encontré con la pregunta y la voz de Dios en mi conciencia que ya no sólo me
gritaba, sino que me exigía una respuesta pronta. Yo también me la exigía,
pues era momento de decidir: universidad o noviciado. Terminando esas misiones
me fui a pasar unos días de descanso con la comunidad de los padres de
Puebla. Mi mente estaba muy confusa pero al mismo tiempo me daba cuenta de
que había pasado los días más felices de mi vida como colaborador y
especialmente en esas misiones. Una semana después del Jueves Santo, el 27 de
abril de 2000, a diez días de haber cumplido veinte años, tuve una luz muy
grande en la hora eucarística: de alguna manera Dios abrió mi corazón y
derrumbó todos mis razonamientos y miedos. Fue algo muy especial que no
podría explicar fácilmente y mucho menos ponerlo por escrito. Sólo sé que
entré a la hora eucarística con mucho miedo a lo que Dios me estaba pidiendo
y salí convencido y feliz de haber sido llamado al sacerdocio en la Legión de
Cristo. No hubo señales, ni voces, ni nada externamente especial… fue así de
sencillo, misterioso y rotundo al mismo tiempo. Obviamente todo había sido
parte de un proceso y de un discernimiento, pero aquella hora eucarística fue
el momento de la gracia.
A partir de ahí, con la certeza de que Jesucristo me invitaba a ser de sus íntimos, ya todo fue más fácil. Le avisé a mis padres y me apoyaron al cien por cien. Mi vida en la Legión
Entré al noviciado de Monterrey en
el verano de ese mismo año e hice mis votos religiosos a los dos años.
Después continué mis estudios de humanidades en Salamanca, España. Al
finalizar ese año, durante el verano de 2003 recibí una llamada de mi hermana
mayor en la que me pedía que fuese a México porque mi papá se había puesto
grave de muerte. Tomé un avión y pude acompañar en sus últimos días, de
manera muy cercana, al hombre que me había dado la vida y al que le debía
toda mi formación y educación. Una vez más la muerte se presentaba de manera
sorpresiva en mi vida. Fueron momentos muy tristes, pues mi padre sólo tenía
cuarenta y siete años y yo sentía que todavía no terminaba de admirarlo,
agradecerle y disfrutarlo. La convicción de que había sido un hombre de bien
y de que había alcanzado el Cielo, me ayudaron a continuar con más decisión en
mi camino hacia el sacerdocio.
Posteriormente me trasladé a Roma para hacer mis estudios de filosofía. Después de eso trabajé con adolescentes y jóvenes en la ciudades de Guadalajara y de Monterrey. En algunos períodos de mi camino hacia el sacerdocio, también pude ayudar en la formación de mis hermanos legionarios como superior de un grupo de hermanos en Roma y como vicerrector en nuestro centro de Noviciado y Humanidades de Cheshire, Estados Unidos. La Legión para mí ha sido y es una aventura que vale la pena vivir. Es verdad que no todo ha sido fácil, pues también ha habido momentos duros, pero la convicción de que no fui yo quien escogió este camino para mí y la constante presencia descarada de Dios en mi vida me han ayudado a llegar hasta este momento tan esperado del sacerdocio.
EL P. GABRIEL MARÍA ABASCAL CASTRO
nació en la Ciudad de México el 17 de abril de 1980. Realizó sus estudios en
el Instituto Cumbres, colegio de los Legionarios de Cristo, formó parte del
ECYD y del movimiento Regnum Christi. Después de un año de colaborador en
dicho Movimiento, consagró su vida a Dios ingresando al noviciado de la
Legión de Cristo en la ciudad de Monterrey. Cursó sus estudios humanísticos
en Salamanca (España). Estudió su bachillerato en filosofía y teología en
Roma, por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Por años ha colaborado en
la formación de adolescentes en diversas instituciones de la Legión y en los
últimos años también ayudó a la formación de seminaristas legionarios,
primero en Roma y después en Estados Unidos. Hoy día ejerce su ministerio
en la ciudad de Monterrey (México). |
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martes, 24 de julio de 2012
Tenía que decidirlo ya
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amor a Dios y amor a los hombres,
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fuerza de voluntad,
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noticias,
perseverancia,
religión,
valentía,
vocación sacerdotal
domingo, 22 de julio de 2012
Si Tú le regalas la vida yo te lo consagro a Ti!
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Testimonio
vocacional del P. José Guadalupe Padua Monroy
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Algunos se preguntarán de dónde
saqué esta frase para colocarla como título de este testimonio. Mi nombre es
José Guadalupe Padua Monroy y nací un 12 de diciembre, gracias a un milagro
que la Virgen de Guadalupe le concedió a mi mamá. Fue un milagro que les
contaré al final de esta historia para que se vea claramente cómo María
Santísima me fue guiando hacia el sacerdocio.
Cómo es mi familia Nací en la Ciudad de México. Somos seis hermanos en casa. Crecí en un hogar católico y lleno de mucho amor durante mis primeros siete años. Después, todo cambió para mí y para mi familia. Al inicio no entendía, pero más tarde me di cuenta que mi papá nos había dejado. Cuando tenía yo catorce años, él regresó a casa y hubo una pequeña reconciliación pero no duraría mucho: meses después nos dejaría nuevamente. Mi madre se hacía cargo de seis hijos; educación, vestido, salud, alimentación y mucho amor. Ella siempre nos inculcó el perdón y respeto a nuestro papá a pesar de todo lo que había hecho. Una invitación al seminario que no olvidaría Mi adolescencia fueron años difíciles para mi mamá. Yo fui rebelde, poco estudioso y no me gustaba estar en casa. Me escapaba de la escuela con mis amigos y amigas. Atribuía esta rebeldía a la separación de mis papás. Mis hermanos, en cambio, sí estudiaban y trabajaban para poder salir adelante. Mi rebeldía cambió cuando me invitaron a participar en un grupo juvenil que se llamaba Pentecostés. Me gustó mucho: buen ambiente, oración, juegos, música y baile. Íbamos todos a misa los domingos por la noche y las reuniones del grupo eran los sábados. Cada semana el grupo crecía. Éramos entre 150 y 200 jóvenes reunidos todos los fines de semana. También teníamos nuestros retiros, convivencias, fiestas y no podía faltar el baile. Esto duró dos años; la rebeldía ya había bajado y las notas de clases habían subido. Mi mamá estaba muy contenta. Un fin de semana nos dijeron que tres jóvenes del grupo se estaban preparando para ir al seminario. En el festejo y la despedida uno de ellos me preguntó si me gustaría ir al seminario también. Yo le contesté que sí pero que no ahora. En el camino de regreso escuchaba esa invitación continuamente en mi interior. Llegando a casa esa tarde mi mamá me estaba esperando en la puerta, seria y enojada. Me dijo: “¡Quiero hablar contigo!”. Me llamó la atención muy duro. Mi mamá estaba muy enojada y triste por mi forma de actuar. Al final me dijo: “¿Qué vas a hacer con tu vida si sigues así, qué quieres ser?” y lo primero que le respondí fue: “¡Voy a ser sacerdote!”. Ella me miró y se puso a llorar Comienzo a hablar con Dios Me fui a vivir a Zacatecas para estudiar la preparatoria y tuve que dejar el grupo de la parroquia. Durante estos años los estudios y la diversión eran lo principal y no me preocupaba por la vida espiritual. También en ese periodo conocí una niña que me ayudó mucho en todos los aspectos. Fuimos novios y teníamos muchos planes. Uno de ellos era ir a Guadalajara a estudiar Ciencias de la Comunicación para después trabajar en los medios. A finales de mi último año de preparatoria salió una convocatoria de la fundación Telmex para obtener una beca de estudios. Me animé a participar y durante los días de las pruebas fui a la catedral a hablar con Dios y en diálogo le preguntaba: “¿Por qué yo no puedo tener una computadora, una beca de estudio, por qué no puedo estudiar en una universidad particular, etc.?”. Esta visita a la catedral marcó algo en mi alma: empecé a buscar el diálogo con Dios. El día 15 de agosto la fundación Telmex me dio la noticia que había ganado la beca que consistía en: un salario mínimo para pagar mis estudios, una computadora y algunas actividades dentro de la fundación. Todo esto me hizo recordar el día en que comencé a hablar con Dios en la catedral. Gracias a Él terminé también mi licenciatura en Derecho. Juan Pablo II Todo esto me había sucedido en
1999, mientras estábamos recibiendo
la visita de Juan Pablo II. El día en que llegó a la Ciudad de México me tocó
ir a las oficinas de gobierno para dejar unos documentos. Al salir de la
estación del metro me di cuenta que la gente se estaba acomodando en la
avenida para ver pasar al Papa. Me dije: “¡Ah! Es sólo una pasada rápida del
Papamóvil. Nadie lo verá bien”. En ese momento se empezó a escuchar: “¡El
Papa ya viene!”. Corrí a un lugar alto sólo para ver el rostro del Papa, y
sentí su mirada. Me dio mucha emoción y las lágrimas se me salieron. Y me
empecé a preguntar: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?, ¿Por qué no estoy
respondiendo a Dios?”. Poco tiempo después estaba buscando consejo
vocacional.
La Legión de Cristo por internet
En esta búsqueda vocacional, un sacerdote amigo en Roma me recomendó conocer al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo. Me metí a las páginas de internet y mandé unos mensajes. Después de algunos días recibí un mensaje del P. Ricardo quien me decía que un padre iría a Pachuca y podría hablar con él. Era el P. Jesús, de Venezuela. Me impresionó mucho su porte de religioso. Después de algunos meses me invitó para ir al candidatado. Mi problema era conseguir permiso para ausentarme tres meses en el trabajo. Un día fui a la Basílica de Guadalupe. Le llevé una veladora como todo buen guadalupano y en diálogo con ella le pedía su ayuda para responder a lo que Dios me estaba pidiendo. Creo que ella no ha fallado nunca a su palabra, siempre me ha acompañado durante todo este camino. Y ahí pasaban los meses sin darme cuenta Llegué al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, donde sería el tiempo de prueba vocacional. Al entrar por primera vez, me llené de mucha alegría y paz al ver al Santísimo expuesto y a tantos hermanos novicios con sus sotanas negras en adoración. No sabría cómo describir esos momentos. Y así pasaron los meses. Después de una semana en el candidatado me llené de valor para irme a confesar. Habían pasado años desde la última vez. Sentía que Dios me llamaba, pero al mismo tiempo pensaba que tarde o temprano me iban a decir que ya podía regresar a mi casa porque no me iban a aceptar. El día 15 de agosto, después de la misa solemne de la Asunción de la Virgen, el superior me mandó a llamar y me dije: “Ahora me lo dirán”. Pero para mi sorpresa el P. Jesús quería felicitarme porque había sido aceptado para iniciar el noviciado en la Congregación. Fui a ponerme de rodillas ante la imagen de la Virgen para darle las gracias. La formación en la Legión de Cristo Después de mi noviciado en Monterrey, me fui a Salamanca, España, y después a estudiar filosofía en Nueva York. Fue muy difícil para mí aprender inglés. Al siguiente año salí de prácticas apostólicas a Brasil, donde también me costó aprender portugués… En Nueva York fui a la radio para dar una plática sobre el manto de la Virgen de Guadalupe. Este fue mi lanzamiento en los medios de comunicación. Después de esa oportunidad Dios me fue preparando para un gran apostolado. Unos meses, antes de partir para Roma para terminar los estudios, pasé por México para visitar a mi familia y para una cirugía en el oído derecho. Pude estar con mi mamá y mi familia antes de los estudios médicos. Pasé el 10 de mayo con mi mamá. Nunca pensé que ese sería el último “día de las madres” que festejaría con ella.
El P. José de Jesús
Durante mi formación me tocó también una gracia muy especial: cuidar al P. José de Jesús Rodríguez Carmona, L.C., quien murió en el año 2008, debido a un cáncer en el cerebro. Esos meses fueron muy importantes y significativos. Con él aprendí a vivir especialmente la misa diaria con gran fervor, y fui testigo de un hombre que quería ser santo ofreciendo su dolor por las demás personas. Todos esos meses me ayudaron a fortalecer mi vocación sacerdotal. Seguido me encomiendo mucho al P. José de Jesús para que me ayude a ser un santo sacerdote, como lo fue él. Algo que marcó mucho mi vida fue lo que les dijo a los médicos y quienes le aconsejaban en su enfermedad sobre la celebración eucarística: “Por favor, no me quiten lo único que puedo hacer: celebrar la Eucaristía”. ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? Estando en Roma me llamó por teléfono mi hermana. Llorando me daba la noticia que mi mamá había fallecido. Al final de la llamada fui directamente a la imagen de la Virgen de Guadalupe: “Madre Santísima ahora necesito de tu protección, no me dejes solo”, y recordé sus palabras a san Juan Diego: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”. Eso me dio fortaleza y paz para aceptar la muerte de mi mamá. Le pedí a María Santísima que me concediera la gracia de celebrar como sacerdote una misa por mi mamá en su basílica del Tepeyac. Me ordeno el día de mi Madre, pues soy su milagro Al recibir la noticia que mi ordenación sacerdotal sería el 12 de diciembre, el mismo día en que Dios me concedió la gracia de nacer, me llené de alegría y gratitud hacia Dios y hacia María Santísima de Guadalupe. Ahora sabrán porque es tan especial esta fecha para mí: nací el 12 de diciembre gracias a un milagro de la Virgen de Guadalupe. Mi mamá estaba embarazada conmigo y se encontraba en casa haciendo la limpieza y entre una actividad y otra, se tropezó, cayó y se golpeó el vientre, lo que causó una hemorragia que duró tres días: del 9 al 11 de diciembre. El 12 de diciembre se sintió un poco mejor y la hemorragia cesó, por lo cual pudo levantarse de la cama, arreglarse un poco la cara y salir a comprar leche para dar de desayunar a mis hermanos. Pero cuando llegó a la lechería se desmayó otra vez y volvió la hemorragia. Inmediatamente la socorrieron y la llevaron al hospital. En el hospital le avisaron que el niño podría tener muchos problemas al nacer. Comenzó el parto y se complicó más porque estaba saliendo primero por los pies y con el cordón umbilical enredado en el cuello.
Cuando
me colocaron en la incubadora para socorrerme, vieron que, a pesar de los
tratamientos correspondientes, no respiraba. Le dijeron a mi mamá: “¡Su hijo
está muerto, no respira y no podemos hacer ya nada!”, y mi mamá con lágrimas en
sus ojos elevó una oración a la Virgen de Guadalupe: “Madre Santísima, si tú
le concedes la vida a mi hijo, yo te lo consagro a ti”. Y en ese mismo
momento comencé a respirar. Fue un milagro.
“Por la imposición de manos del Obispo me llamaste para servir a tus hijos. Ignoro por qué razón me elegiste; Tú sólo lo sabes. Pero Tú, Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, como lámpara que alumbre. Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile” (San Juan Damasceno).
EL P. JOSÉ GUADALUPE PADUA MONROY
nació en la Ciudad de México el 12 de diciembre de 1975. Al terminar sus
estudios de Derecho ingresó en el noviciado de la Legión de Cristo en
Monterrey (México) en el año 2000. Cursó los estudios humanísticos en
Salamanca (España). Colaboró como promotor vocacional en Curitiba (Brasil).
Realizó sus estudios de filosofía en Thornwood (Estados Unidos), y el
bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma
(Italia). Actualmente trabaja en Los Ángeles, California (Estados Unidos), en
Guadalupe Radio 87.7
FM y en Guadalupe TV 54.3. |
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testimonio de fe,
testimonio de unde amor a Dios y a los hombres,
valentía,
vocación sacerdotal
viernes, 20 de julio de 2012
Testimonio vocacional del Padre Luis Miguel Rincón Valadez LC.
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Testimonio vocacional del Padre
Luis Miguel Rincón Valadez LC.
La vocación es un gran regalo
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Para mí el llamado de Dios comenzó
en mi casa. Crecí en un hogar lleno de cariño y valores humanos donde Dios
ocupaba un lugar que se iría ensanchando con el paso de los años. La alegría
de la familia era estar unidos, apoyarnos en todo: tareas escolares, torneos
deportivos, proyectos familiares… en las buenas y en las malas. Las primeras
oraciones, la preocupación por ayudar al que sufre, la responsabilidad en el
trabajo y la iniciativa al servicio de los demás son cosas que me enseñaron
mis papás. Mi hermana y mi hermano fueron y siguen siendo para mí un ejemplo
a seguir. También mis abuelos grabaron en mí una huella imborrable de cariño
y amor fiel, a pesar de haberlos visto poco, ya que vivimos en ciudades
diversas.
Una segunda familia: el Regnum Christi Cuando tenía 16 años conocí el movimiento de apostolado Regnum Christi, dirigido por los Legionarios de Cristo. De pronto, muchos de los valores que había aprendido en casa los vi reflejados en una obra de la Iglesia: compañerismo, deseo de ayudar a los necesitados, sumo respeto por el prójimo y amor a Dios. Decidí formar parte de dicho movimiento y participé vivamente durante dos años en las actividades que nosotros mismos organizábamos: misiones humanitarias y de evangelización en varias partes del país, cursillos de formación en México y en el extranjero, reuniones y congresos entre amigos, retiros espirituales, convivencias, etc. Aunque seguía activo en los torneos de fútbol, de baloncesto y de béisbol, aunque estudiaba en la universidad y tenía mis planes como futuro abogado, y aunque soñaba con formar una familia y llevaba ya una feliz relación con mi novia, dentro de mí creció el deseo de dedicar cada vez más mi vida a Dios y a sus cosas. Percibí que tal vez Dios me estaba llamando a ser sacerdote. Ofrecer un año al servicio de la Iglesia Fue entonces cuando tuve la oportunidad de participar en un proyecto que me entusiasmó mucho: ofrecer a tiempo completo un año al servicio de la Iglesia como colaborador del Movimiento Regnum Christi. Este proyecto
había comenzado no hace muchos años
y yo conocía a varios jóvenes universitarios y profesionistas que habían
participado en él. Esto implicaba salir de mi casa y despedirme de mis seres
queridos, interrumpir mis estudios profesionales y dejar a un lado por un momento
otras ocupaciones y gustos. Pero en mi interior sabía que sería una
experiencia positiva, llena de aprendizaje y maduración. Había visto cómo
volvían algunos amigos después de este año de servicio: felices, plenos, más
preparados para afrontar los retos de la vida. Además, yo necesitaba un
tiempo así para acercarme más a Dios y para reflexionar en esa posible
vocación sacerdotal.
Vivir en medio de auténticos ministros de Dios Recuerdo ese primer año al servicio de Dios como colaborador con mucha gratitud. Creo que el don más grande fue residir en una casa, o mejor, en una comunidad donde vivían personas cuyo ideal común era servir a Dios y a los demás. Seis sacerdotes, cuatro religiosos y cinco colaboradores formábamos esa comunidad que pronto sería una auténtica familia. La santa misa y otras oraciones las teníamos juntos diariamente. También comíamos y teníamos deportes y recreación en grupo. Cada uno tenía sus propias tareas pastorales con un horario exigente que no dejaba tiempo para la ociosidad. A mí me correspondía organizar grupos de jóvenes que querían crecer en su fe y en el compromiso con el prójimo. Daba charlas formativas y retiros a adolescentes en escuelas y parroquias, salíamos a realizar obras de caridad y a divertirnos sanamente; me reunía con los padres de familia para reflexionar sobre la educación de sus hijos. Volvíamos a casa para la hora de cenar, cada uno con experiencias que compartir. Después de la cena veíamos las noticias y luego pasábamos todos juntos para concluir la jornada en la capilla. Los momentos decisivos Buenos ratos transcurrieron en esa capilla; allí pude dialogar con el Señor y ver con mayor claridad sus planes sobre mí. Me sentía realmente en mi lugar, identificado y comprometido con esa nueva forma de vida. Por supuesto, no olvidaba aquellos otros sueños y planes que antes me habían ilusionado. Me esperaban mi familia y mis amistades. Tuve un tiempo de decisión lleno de luchas y hasta algunas lágrimas se me escaparon. Pero hice en primera persona la experiencia que Jesús narra en el Evangelio cuando cuenta la historia de un cierto comerciante de perlas. Este hombre encuentra una perla muy preciosa y decide vender todas las perlas que tenía con tal de comprar esa perla. Agradecer y corresponder Así he considerado el don de mi vocación sacerdotal, como una perla preciosa, como un tesoro inmenso. Es cierto que llevo este tesoro en vasos de barro pero Dios me llena de confianza y me da la paz. Al fin y al cabo fue Él quien nos escogió y nos metió en esta aventura del sacerdocio, nosotros queremos responderle con generosidad.
EL P. LUIS MIGUEL RINCÓN VALADEZ nació en
Monterrey (México) el 8 de septiembre de 1977. Cursó sus estudios en el
Colegio Inglés y en la preparatoria del Instituto Tecnológico de Estudios
Superiores de Monterrey (TEC). Posteriormente estudió dos años de la
licenciatura de Derecho en la misma institución. En 1995 se incorporó al
movimiento de apostolado Regnum Christi. Colaboró durante un año en la
pastoral juvenil en la Ciudad de México. En septiembre de 1998 ingresó al
noviciado de los Legionarios de Cristo. Hizo su noviciado en Bad
Münstereifel (Alemania) y realizó los estudios de humanidades clásicas en
Salamanca (España). Continuó su formación en Roma donde estudió filosofía y teología
en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Por cuatro años se dedicó
a la pastoral juvenil y vocacional en su ciudad natal, y posteriormente
colaboró durante tres años en la pastoral familiar en Florencia (Italia).
También ha sido formador en cuatro seminarios de la Congregación. Actualmente
desempeña el cargo de asesor de pastoral juvenil en Madrid (España).
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lunes, 27 de febrero de 2012
Médico y sacerdote para la nueva evangelización
Entrevista al futuro cardenal Wim Eijk
ROMA, martes 14 febrero 2012 (ZENIT.org).- De 58 años, arzobispo de Utrech, Países Bajos, un país donde la secularización ha debilitado y dividido a la Iglesia. Médico y sacerdote, se ha distinguido, entre otras cosas, por la fiera batalla en defensa de la vida humana, desde la concepción a la muerte natural. El 18 de febrero, monseñor Wim Eijk será creado cardenal, junto a otros 21 prelados. ZENIT lo ha entrevistado.
¿Su nombramiento de cardenal por el papa fue una sorpresa?
--Mons. Eijk: Sí y no. La sede de la archidiócesis de Utrech es muy antigua, fue fundada en 695 por san Willibrord. El primer arzobispo de Utrech, que fue también cardenal, fue Jan de Jong. Durante la segunda guerra mundial, condenó las deportaciones de judíos y probablemente por esta razón fue creado cardenal en 1946. Desde entonces, todos los arzobispo de Utrech han llegado a cardenales, pero no es automático.
Además, la Iglesia en los Países Bajos se está reduciendo, mientras que en otros países crece. Es y sigue siendo el papa quien decide y yo quedé gratamente sorprendido cuando lo supe.
¿Cómo se está preparando para el próximo consistorio del 18 de febrero?
--Mons. Eijk: En primer lugar, me preparo con la oración. Además, me preparo interiormente sobre el tema del consistorio: la nueva evangelización. Este es un tema urgente también para los Países Bajos y tengo curiosidad por conocer las experiencias de los otros miembros del Colegio Cardenalicio. Luego hay también cosas prácticas: he dado una serie de entrevistas y he comprado la ropa adecuada: también existe este aspecto...
¿Qué significa para usted pertenecer al colegio o “club” muy selecto de purpurados? ¿Es un honor o más bien una responsabilidad?
--Mons. Eijk: Me siento feliz y agradecido por este nombramiento porque es un verdadero honor. Pero todavía más importante: es una extensión de mi vocación al sacerdocio y al episcopado. Ser cardenal significa tener un papel consultivo hacia el santo padre y el mundo de la Iglesia. Y, en caso de deceso del papa, son los cardenales quienes deben elegir en el cónclave a su sucesor. En este sentido, es una tarea de gran responsabilidad. Me alegra también que la Iglesia holandesa pueda ser de nuevo representada por un cardenal. Esto demuestra que gozamos aún de la confianza de Roma, a pesar de la grave recesión que la Iglesia holandesa está atravesando en los últimos decenios.
La Iglesia en los Países Bajos está todavía resentida por el escándalo de los abusos sexuales a menores. Su púrpura es un estímulo por parte del santo padre? ¿Un acto de confianza?
--Mons. Eijk: Yo veo el escándalo de los abusos sexuales desligado de mi creación como cardenal. Como Iglesia holandesa, debemos hacer indagaciones en profundidad sobre el escándalo de los abusos y por tanto tomar un gran número de medidas. El hecho de que, como arzobispo de Utrech, haya sido creado cardenal es estimulante para la Iglesia holandesa, pero no tiene ninguna relación con el escándalo de los abusos sexuales.
La Nueva Evangelización es una de las prioridades del pontificado de Benedicto XVI. Cómo es la situación de los Países Bajos?
--Mons. Eijk: La Nueva Evangelización es absolutamente necesaria, también en los Países bajos. Muchos jóvenes no conocen la diferencia entre Pascua y Pentecostés: el conocimiento religioso es muy bajo. Pero hay signos de esperanza: en la archidiócesis cada año casi doscientas personas se hacen católicas en edad adulta.
El entusiasmo en su fe es una fuerza para el reclutamiento. Esto vale también para los jóvenes que van a la Jornada Mundial de la Juventud.
Nos auguramos que la chispa de aquél grupo encienda también a otros. Es más fácil hoy que hace treinta años hablar con los jóvenes de los contenidos de la fe. Las personas se sienten de nuevo felices con esta propuesta.
Usted es médico de formación. Es más, su especialidad es la ética biomédica. ¿Nos puede decir que le impulsó a elegir este camino?
--Mons. Eijk: Antes de optar por el sacerdocio, durante un número de años estudié medicina.
La bioética es una rama de la ciencia moral, que se ocupa de los aspectos éticos de las intervenciones en la vida humana: aborto, eutanasia, inseminación artificial. Sobre estas cuestiones morales inherentes al inicio y fin de la vida, la Iglesia tiene naturalmente su visión, pero es también importante conocer la evolución científica.
A finales de 2010, gracias a mi colaboración en la redacción, se editó el Manual Católico de la Ética Médica, que trata de estos temas.
El tema de su tesis de doctorado fue el de la eutanasia, una praxis extendida y legal en Holanda pero rechazada categóricamente por la Iglesia. ¿Por qué motivo?
--Mons. Eijk: Como ya he dicho, estudié medicina y me estaba especializando como internista, cuando decidí responder a la vocación sacerdotal.
El cardenal Simonis, entonces obispo de Rotterdam, sabía de mi experiencia médica y sugirió como tesis un argumento médico porque el conocimiento en este campo en la Iglesia es más bien escaso.
Descubrí que la eutanasia era un tema muy interesante. En el hospital donde trabajé en 1978 y 1979, como médico especializando en medicina interna, había médicos que practicaban la eutanasia y se sorprendían de que justo el más joven asistente –entonces tenía apenas 25 años- tuviera objeciones de principio al respecto.
Su lema episcopal es Noli recusare laborem (No rechazar el trabajo). ¿Puede explicar por qué lo eligió?
--Mons. Eijk: Este lema lo elegí cuando fui nombrado obispo de Groninga.
El texto se basa en las palabras que san Martín de Tours (316-397) pronunció en el lecho de muerte.
Quería expresar la devoción a su llamada hasta el fondo: estaba dispuesto a morir, pero también a vivir para continuar sirviendo al Señor y a su Iglesia.
Se puso completamente a disposición del Señor y pensé que era importante expresar esta actitud en mi lema.
Veo el nombramiento de obispo como una ampliación de la vocación al sacerdocio que he recibido de Dios.
El sacerdocio significa vivir al servicio del señor para la edificación de su Iglesia en sumisión a todo lo que puede suceder haciendo este camino, seguros de que nada sucede sin la presencia de Dios.
Otro motivo en la elección de este lema es que san Martín es el patrono de la ciudad de Groninga.
Cuando me trasladé a la archidiócesis de Utrech, no había que cambiar el lema: san Martín es también el patrón de Utrech.
Una pregunta muy personal. En 2011, usted sufrió un ictus y la recuperación fue larga.¿cómo ve hoy este momento difícil, también desde el punto de vista espiritual?
--Mons. Eijk: Fue un período difícil porque no sabía cuánto recuperaría y si podría ejercer de nuevo mi tarea de obispo.
Fue también un periodo de soledad, aunque muchas personas estuvieron cercanas y me sostuvieron.
Aprendí mucho en aquellos meses, entre otras cosas a orientarme de nuevo completamente hacia Dios, a ser paciente –por naturaleza soy más bien activo- y a no rebelarme.
En aquél periodo pude también experimentar la presencia del Señor. Dios se ofrece a sí mismo, pero no se impone y no deja caer al hombre.
Además, aquél periodo me llevó a sentir una solidaridad más fuerte con el prójimo, sobre todo si está enfermo.
Por Paola De Groot-Testoni
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