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viernes, 7 de septiembre de 2012

Neil Armstrong valoraba más haber pisado donde pisó Cristo que aquella huella sobre la Luna


 
 
Catholic.net
Fue un hombre muy religioso

Neil Armstrong valoraba más haber pisado donde pisó Cristo que aquella huella sobre la Luna
Corrían los años sesenta, y en la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética era importante "ser el primero".
 
Los rusos, con Yuri Gagarin, fueron los primeros en conseguir que un hombre completara un viaje espacial completo.
 
Fue en 1961, y Nikita Khrushev aprovechó la ocasión para una ocurrencia atea, proclamando en una reunión del Politburó: «Gagarin voló al espacio, pero no vio a Dios allí».
 
El héroe ruso murió en 1968 en un accidente de avión, sin llegar a ver la siguiente gran hazaña de la navegación extraterrestre.

El 21 de julio de 1969 el Apolo XI, con aquella histórica tripulación (Neil Armstrong, Edwin "Buzz" Aldrin, Michael Collins), llegó a la órbita de la luna, y cuando el módulo tocó su superficie Armstrong descendió, dejó su huella y pronunció en directo, para millones de telespectadores, aquella frase: "Un pequeño paso por un hombre, un gran paso para la Humanidad".

Tras los pasos de Cristo

Su fallecimiento este sábado a los 82 años ha recordado sobre todo este momento, aunque también que llegó a la NASA tras un brillante historial militar que incluye 78 misiones de combate como piloto naval en Corea.

A diferencia de Gagarin, Armstrong era un hombre muy religioso y profundamente cristiano. Quizá la historia más conocida en ese sentido es la que sucedió en Jerusalén en 1988.

Neil visitó Jerusalén ese año, y le pidió a Thomas Friedman, un profesor experto en arqueología bíblica que le hizo de guía por la ciudad, que le llevase a un lugar donde pudiese tener la certeza de que había caminado Jesucristo.

El profesor, una de cuyas alumnas, Ora Shlesinger, ha relatado la historia más de una vez, llevó a Armstrong a los restos de escaleras del templo construido por Herodes el Grande que aún se conservan. "Estos peldaños constituían la principal entrada al templo", le dijo: "No hay duda de que Jesús subió por ellos".

Armstrong se concentró entonces profundamente y rezó durante un rato. Al terminar, se volvió a Friedman, y, emocionado, le dijo: "Para mí significa más haber pisado estas escaleras que haber pisado la Luna".

 

 

lunes, 30 de julio de 2012

Un niñito de cinco años


| APOSTOLADO | TESTIMONIOS

"Ahí adentro hay un señor con los brazos abiertos, colgado de la pared".
Sucedió en mis primeras misiones. Este hecho marcaría mi historia. Era el final de la misión; yo acababa de dar unas pláticas sobre el matrimonio a parejas amancebadas. Estos estaban dispuestos a casarse por la Iglesia. Cuando ya se iba la gente, se me acercó una mujer. Era una señora joven. Había asistido a esas pláticas pero aún no se convencía de casarse con su pareja, pues él no le era del todo fiel.
Estuvimos dialogando un rato sobre los pros y los contras de tal decisión. La conversación se fue acalorando. Cuando nos encontrábamos en el punto más controvertido, se acercó por detrás su hijito, y de repente, empezó a tirarle de la falda. Mami, mami -le llamaba.
- Mami, mami -volvió a repetirle, tirándole de la falda. - Mi hijito, respeta. ¿No ves que estoy hablando? - Sí, mamá. Pero lo que tengo que decirte es muy importante. Ahí adentro hay un señor con los brazos abiertos, colgado de la pared.

Las dos nos miramos asombradas, sin saber qué decir. Segundos más tarde me asombró aún más la contestación de la señora.

- No, mi hijito, no es un señor. Es Jesús. ¿Recuerdas que yo te expliqué que cuando Jesús fue grande, los hombres nos portamos mal con él, le hicimos daño en sus manos y en sus pies, le clavamos una lanza en su pecho y después lo colgamos de una cruz? Pero si tú recuerdas, también yo te dije que cuando te portas bien puedes hacer que baje de la Cruz, y cuando te portas mal lo dejas colgado en ella.

Ante esta explicación el niño no respondió nada. Se quedó mirando a su mamá, y después regresó corriendo a donde se encontraba el Cristo.

 Nosotras nos fijamos en qué hacía, sin llamar su atención. El chiquillo entró en la capilla del pueblo y se quedó mirando fijamente el crucifijo del altar.

 Este representaba un Cristo bellísimo al momento de la expiración. El muchacho permaneció ahí un instante y regresó con la mamá.

- Mami, ¿cuánto tiempo lleva ahí Jesús? - ¡Ay, mi hijito! Muchos años. Mira, tú tienes cinco, y yo tengo muchos más que tú. Pues más de los que tienes tú y de los que tengo yo, hace ya que Cristo está clavado en la Cruz.

Y ante esta expresión de la madre, el hijo afirmó:

- Pues, mamá, estoy pensando que si tú me has dicho que cuando me porto bien lo bajo de la Cruz, y cuando me porto mal lo dejo ahí colgado, tú que tienes más años que yo, ¿qué has hecho hasta ahora por bajarlo de la Cruz?
Estas palabras me llegaron directamente al alma. Jamás nadie me había hablado tan claro como lo hizo en esa tarde de verano este niño de cinco años, de cara manchada y pelo negro. Me dolió hasta el punto más interno de mis entrañas cuantas veces lo había dejado clavado ahí. ¿Qué había hecho yo con mis años por bajarlo de la Cruz? Desde entonces prometí trabajar para que cada vez más lo bajáramos de la Cruz, y para que cada día fuéramos menos los que lo dejáramos ahí colgado.
Sra. Marcela Suárez. Estado de México. 38 años.


domingo, 22 de julio de 2012

Si Tú le regalas la vida yo te lo consagro a Ti!


| RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS

Testimonio vocacional del P. José Guadalupe Padua Monroy
P. José Guadalupe Padua Monroy
Algunos se preguntarán de dónde saqué esta frase para colocarla como título de este testimonio. Mi nombre es José Guadalupe Padua Monroy y nací un 12 de diciembre, gracias a un milagro que la Virgen de Guadalupe le concedió a mi mamá. Fue un milagro que les contaré al final de esta historia para que se vea claramente cómo María Santísima me fue guiando hacia el sacerdocio.
  Cómo es mi familia

  Nací en la Ciudad de México. Somos seis hermanos en casa. Crecí en un hogar católico y lleno de mucho amor durante mis primeros siete años. Después, todo cambió para mí y para mi familia. Al inicio no entendía, pero más tarde me di cuenta que mi papá nos había dejado. Cuando tenía yo catorce años, él regresó a casa y hubo una pequeña reconciliación pero no duraría mucho: meses después nos dejaría nuevamente. Mi madre se hacía cargo de seis hijos; educación, vestido, salud, alimentación y mucho amor. Ella siempre nos inculcó el perdón y respeto a nuestro papá a pesar de todo lo que había hecho.


Una invitación al seminario que no olvidaría

  Mi adolescencia fueron años difíciles para mi mamá. Yo fui rebelde, poco estudioso y no me gustaba estar en casa. Me escapaba de la escuela con mis amigos y amigas. Atribuía esta rebeldía a la separación de mis papás. Mis hermanos, en cambio, sí estudiaban y trabajaban para poder salir adelante.

  Mi rebeldía cambió cuando me invitaron a participar en un grupo juvenil que se llamaba Pentecostés. Me gustó mucho: buen ambiente, oración, juegos, música y baile. Íbamos todos a misa los domingos por la noche y las reuniones del grupo eran los sábados. Cada semana el grupo crecía. Éramos entre 150 y 200 jóvenes reunidos todos los fines de semana. También teníamos nuestros retiros, convivencias, fiestas y no podía faltar el baile. Esto duró dos años; la rebeldía ya había bajado y las notas de clases habían subido. Mi mamá estaba muy contenta.

  Un fin de semana nos dijeron que tres jóvenes del grupo se estaban preparando para ir al seminario. En el festejo y la despedida uno de ellos me preguntó si me gustaría ir al seminario también. Yo le contesté que sí pero que no ahora. En el camino de regreso escuchaba esa invitación continuamente en mi interior.

  Llegando a casa esa tarde mi mamá me estaba esperando en la puerta, seria y enojada. Me dijo: “¡Quiero hablar contigo!”. Me llamó la atención muy duro. Mi mamá estaba muy enojada y triste por mi forma de actuar. Al final me dijo: “¿Qué vas a hacer con tu vida si sigues así, qué quieres ser?” y lo primero que le respondí fue: “¡Voy a ser sacerdote!”. Ella me miró y se puso a llorar


C
omienzo a hablar con Dios

  Me fui a vivir a Zacatecas para estudiar la preparatoria y tuve que dejar el grupo de la parroquia. Durante estos años los estudios y la diversión eran lo principal y no me preocupaba por la vida espiritual. También en ese periodo conocí una niña que me ayudó mucho en todos los aspectos. Fuimos novios y teníamos muchos planes. Uno de ellos era ir a Guadalajara a estudiar Ciencias de la Comunicación para después trabajar en los medios.

A finales de mi último año de preparatoria salió una convocatoria de la fundación Telmex para obtener una beca de estudios. Me animé a participar y durante los días de las pruebas fui a la catedral a hablar con Dios y en diálogo le preguntaba: “¿Por qué yo no puedo tener una computadora, una beca de estudio, por qué no puedo estudiar en una universidad particular, etc.?”. Esta visita a la catedral marcó algo en mi alma: empecé a buscar el diálogo con Dios.

  El día 15 de agosto la fundación Telmex me dio la noticia que había ganado la beca que consistía en: un salario mínimo para pagar mis estudios, una computadora y algunas actividades dentro de la fundación. Todo esto me hizo recordar el día en que comencé a hablar con Dios en la catedral. Gracias a Él terminé también mi licenciatura en Derecho.

Juan Pablo II

  Todo esto me había sucedido en
El P. José en plena transmisión de un programa de Guadalupe Radio
1999, mientras estábamos recibiendo la visita de Juan Pablo II. El día en que llegó a la Ciudad de México me tocó ir a las oficinas de gobierno para dejar unos documentos. Al salir de la estación del metro me di cuenta que la gente se estaba acomodando en la avenida para ver pasar al Papa. Me dije: “¡Ah! Es sólo una pasada rápida del Papamóvil. Nadie lo verá bien”. En ese momento se empezó a escuchar: “¡El Papa ya viene!”. Corrí a un lugar alto sólo para ver el rostro del Papa, y sentí su mirada. Me dio mucha emoción y las lágrimas se me salieron. Y me empecé a preguntar: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?, ¿Por qué no estoy respondiendo a Dios?”. Poco tiempo después estaba buscando consejo vocacional.
La Legión de Cristo por internet

  En esta búsqueda vocacional, un sacerdote amigo en Roma me recomendó conocer al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo. Me metí a las páginas de internet y mandé unos mensajes. Después de algunos días recibí un mensaje del P. Ricardo quien me decía que un padre iría a Pachuca y podría hablar con él. Era el P. Jesús, de Venezuela. Me impresionó mucho su porte de religioso. Después de algunos meses me invitó para ir al candidatado. Mi problema era conseguir permiso para ausentarme tres meses en el trabajo.

Un día fui a la Basílica de Guadalupe. Le llevé una veladora como todo buen guadalupano y en diálogo con ella le pedía su ayuda para responder a lo que Dios me estaba pidiendo. Creo que ella no ha fallado nunca a su palabra, siempre me ha acompañado durante todo este camino.

  Y ahí pasaban los meses sin darme cuenta

Llegué al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, donde sería el tiempo de prueba vocacional. Al entrar por primera vez, me llené de mucha alegría y paz al ver al Santísimo expuesto y a tantos hermanos novicios con sus sotanas negras en adoración. No sabría cómo describir esos momentos. Y así pasaron los meses. Después de una semana en el candidatado me llené de valor para irme a confesar. Habían pasado años desde la última vez.

Sentía que Dios me llamaba, pero al mismo tiempo pensaba que tarde o temprano me iban a decir que ya podía regresar a mi casa porque no me iban a aceptar. El día 15 de agosto, después de la misa solemne de la Asunción de la Virgen, el superior me mandó a llamar y me dije: “Ahora me lo dirán”. Pero para mi sorpresa el P. Jesús quería felicitarme porque había sido aceptado para iniciar el noviciado en la Congregación. Fui a ponerme de rodillas ante la imagen de la Virgen para darle las gracias.

La formación en la Legión de Cristo

  Después de mi noviciado en Monterrey, me fui a Salamanca, España, y después a estudiar filosofía en Nueva York. Fue muy difícil para mí aprender inglés. Al siguiente año salí de prácticas apostólicas a Brasil, donde también me costó aprender portugués… En Nueva York fui a la radio para dar una plática sobre el manto de la Virgen de Guadalupe. Este fue mi lanzamiento en los medios de comunicación. Después de esa oportunidad Dios me fue preparando para un gran apostolado.

Unos meses, antes de partir para Roma para terminar los estudios, pasé por México para visitar a mi familia y para una cirugía en el oído derecho. Pude estar con mi mamá y mi familia antes de los estudios médicos. Pasé el 10 de mayo con mi mamá. Nunca pensé que ese sería el último “día de las madres” que festejaría con ella.

El P. José de Jesús

Durante mi formación me tocó también una gracia muy especial: cuidar al P. José de Jesús Rodríguez Carmona, L.C., quien murió en el año 2008, debido a un cáncer en el cerebro. Esos meses fueron muy importantes y significativos. Con él aprendí a vivir especialmente la misa diaria con gran fervor, y fui testigo de un hombre que quería ser santo ofreciendo su dolor por las demás personas. Todos esos meses me ayudaron a fortalecer mi vocación sacerdotal. Seguido me encomiendo mucho al P. José de Jesús para que me ayude a ser un santo sacerdote, como lo fue él. Algo que marcó mucho mi vida fue lo que les dijo a los médicos y quienes le aconsejaban en su enfermedad sobre la celebración eucarística: “Por favor, no me quiten lo único que puedo hacer: celebrar la Eucaristía”.


¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?

Estando en Roma me llamó por teléfono mi hermana. Llorando me daba la noticia que mi mamá había fallecido. Al final de la llamada fui directamente a la imagen de la Virgen de Guadalupe: “Madre Santísima ahora necesito de tu protección, no me dejes solo”, y recordé sus palabras a san Juan Diego: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”. Eso me dio fortaleza y paz para aceptar la muerte de mi mamá. Le pedí a María Santísima que me concediera la gracia de celebrar como sacerdote una misa por mi mamá en su basílica del Tepeyac.


Me ordeno el día de mi Madre, pues soy su milagro

Al recibir la noticia que mi ordenación sacerdotal sería el 12 de diciembre, el mismo día en que Dios me concedió la gracia de nacer, me llené de alegría y gratitud hacia Dios y hacia María Santísima de Guadalupe.

Ahora sabrán porque es tan especial esta fecha para mí: nací el 12 de diciembre gracias a un milagro de la Virgen de Guadalupe. Mi mamá estaba embarazada conmigo y se encontraba en casa haciendo la limpieza y entre una actividad y otra, se tropezó, cayó y se golpeó el vientre, lo que causó una hemorragia que duró tres días: del 9 al 11 de diciembre. El 12 de diciembre se sintió un poco mejor y la hemorragia cesó, por lo cual pudo levantarse de la cama, arreglarse un poco la cara y salir a comprar leche para dar de desayunar a mis hermanos. Pero cuando llegó a la lechería se desmayó otra vez y volvió la hemorragia. Inmediatamente la socorrieron y la llevaron al hospital. En el hospital le avisaron que el niño podría tener muchos problemas al nacer. Comenzó el parto y se complicó más porque estaba saliendo primero por los pies y con el cordón umbilical enredado en el cuello.
 Cuando me colocaron en la incubadora para socorrerme, vieron que, a pesar de los tratamientos correspondientes, no respiraba. Le dijeron a mi mamá: “¡Su hijo está muerto, no respira y no podemos hacer ya nada!”, y mi mamá con lágrimas en sus ojos elevó una oración a la Virgen de Guadalupe: “Madre Santísima, si tú le concedes la vida a mi hijo, yo te lo consagro a ti”. Y en ese mismo momento comencé a respirar. Fue un milagro.
 
“Por la imposición de manos del Obispo me llamaste para servir a tus hijos. Ignoro por qué razón me elegiste; Tú sólo lo sabes. Pero Tú, Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, como lámpara que alumbre. Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile” (San Juan Damasceno).
EL P. JOSÉ GUADALUPE PADUA MONROY nació en la Ciudad de México el 12 de diciembre de 1975. Al terminar sus estudios de Derecho ingresó en el noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) en el año 2000. Cursó los estudios humanísticos en Salamanca (España). Colaboró como promotor vocacional en Curitiba (Brasil). Realizó sus estudios de filosofía en Thornwood (Estados Unidos), y el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma (Italia). Actualmente trabaja en Los Ángeles, California (Estados Unidos), en Guadalupe Radio 87.7
FM y en Guadalupe TV 54.3.


viernes, 8 de junio de 2012

Atlético Tucumán primer club Provida en Argentina


Por iniciativa de Déjame nacer, mi vida está en tus manos y gracias a la colaboración del presidente del club, Mario Alberto Leito, el Club Atlético Tucumán fue declarado ProVida.


REDACCIÓN HO / AICA.- Por iniciativa de la organización Déjame nacer, mi vida está en tus manos y gracias a la colaboración del presidente del club, doctor Mario Alberto Leito, el Club Atlético Tucumán fue declarado ProVida.

El pasado fin de semana, el plantel completo del club se mostró, antes de empezar el partido en el estadio monumental José Fierro, con una bandera de la organización “Déjame Nacer”, que manifestaba: “Yo soy Pro-Vida”.

Los impulsores de esta acción a favor de la vida agradecieron al doctor Aldo Fernández Demársico y al encargado de seguridad del estadio por su colaboración.

jueves, 3 de mayo de 2012

Una oración contestada la del futbolista inglés Fabrice Muamba


SUFRIÓ UN PARO CARDÍACO EN PLENO PARTIDO

“Le pedí a Dios protección y Él no me defraudó”, cuenta el futbolista de origen congoleño y cristiano evangélico, recién dado de alta. Describe como un milagro el que esté vivo y sin daños cerebrales tras haber estado 78 minutos muerto.



La historia de Fabrice Muamba sigue conmocionando a todos los aficionados al fútbol. Lo que parecía una terrible desgracia para el jugador de 24 años se ha convertido en uno de los testimonios más emotivos vividos en este deporte.

Porque el joven futbolista inglés, de origen congoleño, hoy se encuentra estable, sonriente y sin rastro de los daños que deberían haber provocado en su cerebro los 78 minutos en los que su corazón estuvo parado y sólo con reanimación cardiopulmonar. Muamba ahora confía en volver pronto al terreno de juego. Los médicos certifican esta posibilidad y no tienen problemas de señalar lo sucedido de "milagro".

Este pasado fin de semana Muamba concedió la primera entrevista desde el día del desvanecimiento, al periódico The Sun. Ante los periodistas y los fotógrafos presentes se mostró sonriente, rodeado de su familia, pero no tardaron en aparecer en su rostro las lágrimas, mezcla de emoción y sorpresa ante todo lo que ha vivido desde la tarde del 17 de marzo.

"Lo que me pasó fue realmente más que un milagro", dice Muamba, que es un cristiano evangélico comprometido. "Estoy comprobando la prueba de la fuerza de la oración. Durante 78 minutos estuve muerto y, aún si sobreviviese, se esperaba que hubiese sufrido daños cerebrales. Pero estoy muy vivo y sentado aquí hablando ahora. Alguien allá arriba me ha estado cuidando. En la mañana del partido oré junto a mi padre pidiéndole a Dios que me protegiese; y Él no me defraudó", agrega emocionado.

Se sintió "como fuera del cuerpo"

Muamba recuerda en la entrevista cómo vivió los momentos previos al percance. Unos segundos antes de que se produjese el colapso, se sentía "como fuera del cuerpo", sin ser capaz de distinguir adecuadamente la realidad que le rodeaba. De hecho confiesa que veía doble: "había dos Scott Parker y dos Luka Modric (jugadores de los Spurs) en la distancia. Fue entonces cuando me di cuenta que algo funcionaba muy mal".

Al revisar las imágenes de televisión del momento crítico, Muamba se emociona. Era el minuto 41 y su equipo, el Bolton, disputaba un importante partido contra el Tottenham. "Recuerdo que corrí arriba para tratar de recibir un pase de Martin Petrov. Poco después me sentí algo mareado, un mareo extraño, como si estuviera corriendo por el interior de cuerpo de otra persona. Es difícil de explicar", confiesa.

En la siguiente jugada Muamba se desplomó. Todos se dieron cuenta enseguida de la gravedad del percance. "No había nadie cerca de mí cuando empecé a sentir que me caía. Lo último que oí fue a Dedryck Boyata gritándome para que volviese a la defensa".

"Sentí que me caía al suelo, y luego dos golpes grandes en mi cabeza. Eso fue todo. Después, oscuridad, nada. Estaba muerto".

El partido se suspendió y todos, desde los aficionados a los jugadores y árbitros, mostraban su impotencia y emoción en el campo. Muamba no reaccionaba a la reanimación y fue rápidamente enviado al hospital.

El "aficionado" que salvó su vida

En el momento en el que Muamba cayó al suelo, un hombre que estaba viendo el partido saltó al terreno de juego para ayudarle. Se trataba del doctor Andrew Deaner, cardiólogo especialista. Junto a los médicos del equipo efectuaron maniobras de reanimación. Como éstas no daban fruto, Deaner insistió en que fuese trasladado directamente a London Chest Hospital para una atención inmediata.

Muamba dijo a The Sun que fue "pura casualidad" que el doctor Deaner estuviese entre la multitud ese día. "Le debo todo. Él es la razón por la que ahora soy capaz de tener a mi hijo recién nacido en brazos y continuar con mi vida".

"Es extraño -continúa Muamba- ver imágenes de lo que pasó ahora, porque en ese momento yo no tenía idea de lo que estaba pasando. Sin embargo, en un montón de fotos veo al doctor que me cuida. No estaría vivo hoy si no hubiera estado allí".

Después de aplicarle quince descargas eléctricas con el desfibrilador, Muamba "despertó" volviendo a la vida. Habían pasado 78 minutos en parada cardiaca, recibiendo el apoyo externo de la reanimación cardiopulmonart, y en estas condiciones el riesgo de daño en sus órganos vitales era muy alto.

La oración de su familia.
Una de las facetas por la que destaca Fabrice Muamba es por su capacidad física. Él mismo reconoce que se encontraba "muy preparado" físicamente para disputar el partido. "Ni siquiera me resfrío", dice ahora el jugador. Su corazón nunca había fallado hasta el 17 de marzo, y los médicos todavía no saben por qué éste se paró.

Lo que sí recuerda Muamba es que, antes del partido, oró junto a su padre. "El sábado mi papá me llamó al hotel, y oramos juntos como siempre lo hacemos antes de los partidos. Recuerdo haber pedido la protección de Dios - es algo que hacemos a menudo por teléfono".

Su padre Marcel Muamba es un trabajador de 45 años de edad. Este hombre, que huyó de la opresión política en Congo en 1994, cuenta ahora cómo le rogó a Dios que salvara a su hijo. "Me llevaron a la unidad de cuidados intensivos directamente desde el campo", cuenta Marcel. "Estaba muy preocupado pero nuestra fe es muy fuerte y realmente creía que Dios contestaría mi oración. Dentro de la furgoneta me sentí con paz y le dije a Phil Gartside (el presidente del Bolton): ''''Fabrice va a estar bien''''.

Probablemente pensó que estaba loco. Pero, de alguna manera, yo sabía que Fabrice estaría a salvo en manos de Dios".

Una vez el hospital, Marcel se encerró dentro de un cubículo para orar intensamente. Luego se dirigió a la habitación donde estaba Fabrice. Marcel le susurró al oído a su hijo: "Sé que me estás escuchando. Vas a salir de este hospital por la puerta de delante". Entonces, cuenta el padre, "le dije a Dios: "Tú eres el que resucitó a Lázaro de entre los muertos. Ahora puedes mostrar tu gloria".

"En ese momento mucha gente creía que, aún si sobrevivía, Fabrice iba a terminar con daño cerebral y no volvería a ser el mismo - dice Marcel -. Pero yo estaba tranquilo porque había puesto mi confianza en Dios. Y Dios no me ha defraudado".

El pasado lunes, Muamba abandonó el hospital bajo el beneplácito de unos aún sorprendidos doctores, sin mostrar señales de dolor. Fabrice ahora abraza a su familia. En su pecho ha quedado una gran cicatriz, donde le han implantado un dispositivo electrónico para controlar su evolución e impedir un paro cardiaco definitivo en caso de que su corazón se detenga de nuevo.

Fuente: The Sun y Protestante Digital


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