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viernes, 12 de abril de 2013

Clodovis Boff Ojalá hubiéramos hecho caso a Ratzinger.


Clodovis Boff Ojalá hubiéramos hecho caso a Ratzinger.


El Observatorio

13.MAR.2013

·         Fuente: La Fohla de S. Paulo

Clodovis Boff, hermano del teólogo disidente Leonardo Boff, explica en una reciente entrevista al diario brasileño La Folhade S. Paulo, su visión de la teología de la liberación, así como del Papa emérito Benedicto XVI.

En 1986 los hermanos Boff publicaron una carta contestataria al cardenal Joseph Ratzinger sobre la declaración Libertatis conscientia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que analizaba los desvíos doctrinales de dicha teología.

Años después, en 2007, Clodovis, a diferencia de su hermano, se manifestaba abiertamente crítico con las ideas que antes defendía.
Dijo que la teología de la liberación había incurrido en “la instrumentalización de la fe en la política” y expresó claramente “que habría sido mejor tomar en serio la crítica de Ratzinger”.
Respecto a si el luego Papa Benedicto XVI fue el enemigo de la teología de la liberación, Clodovis reconoce ahora que “en los dos documentos publicados, Ratzinger defendió el proyecto esencial de la teología de la liberación: el compromiso con los pobres como resultado de la fe.
Al mismo tiempo, criticaba la influencia marxista (…)
El documento de 1986 señala la primacía de la liberación espiritual, perenne, sobre la liberación social, que es histórica.
Las corrientes hegemónicas de la teología de la liberación prefirieron no comprender esta distinción.
Esto ha hecho, con frecuencia, que esa teología haya degenerado en ideología”.
Clodovis niega que los teólogos de la liberación hayan sido sometidos a procesos inquisitoriales.
La Iglesia no puede entrar en negociaciones cuando se trata de la esencia de la fe: “La iglesia no es como la sociedad civil, donde la gente puede decir lo que quiera.
Estamos vinculados a una fe.
Si alguien profesa algo diferente de esta fe se autoexcluye de la Iglesia”.
El entrevistado afirma que “siempre he sido claro acerca de la importancia de poner a Cristo como el fundamento de toda teología.
En el discurso hegemónico de la teología de la liberación, sin embargo, advertí que la fe en Cristo solo aparecía en el fondo.
Pero pensé con condescendencia que, con el tiempo, esto se arreglaría”.
No ocurrió así.
La hipótesis del “cristiano anónimo”.
Clodovis expresa que estuvo muy influido por el teólogo alemán Karl Rahner, quien “concibió la teoría del ‘cristiano anónimo’, por la que cualquier persona que lucha por la justicia es un cristiano, aunque no explícitamente”.
Los teólogos de la liberación tuvieron la misma ingenua suposición.
“La hipótesis del ‘cristianismo anónimo’ era una buena excusa para dejar de lado a Cristo, la oración, los sacramentos y la misión, pasando a dedicarse a la transformación de las estructuras sociales.
Con el tiempo, he visto que esto es insostenible por no tener base suficiente en el Evangelio, en la gran tradición y el magisterio de la Iglesia”.
Clodovis cuenta que en los años 70, el cardenal Eugenio Sales le retiró la licencia para enseñar teología en la Universidad Católica de Río.
Sales le explicó con afabilidad que una confesión cristiana de la fe es esencial en el compromiso cristiano.
Clodovis afirma que asumió la crítica y después “vi que con el rahnerismo, la Iglesia se convertía en irrelevante.
Y no solo ella, sino Cristo mismo”.
Clodovis afirma que Benedicto XVI combatió los intentos de secularizar la Iglesia, porque la Iglesia secularizada es irrelevante para la historia y para los hombres.
También considera que “la religión es una opción del 85% de la humanidad.
Los ateos no son más del 2,5%.
Junto con los agnósticos, ni siquiera llegan al 15%.
Son una minoría culturalmente importante, que sin duda domina el micrófono y el lápiz, los medios de comunicación y el mundo académico.
Pero están perdiendo gas.
Hay un renacimiento del interés de los jóvenes en la espiritualidad”.
Respecto al futuro de la Iglesia Clodovis dice que “La modernidad no tiene nada más que decir al hombre postmoderno.
El marxismo, el socialismo, el liberalismo y el neoliberalismo han perdido su credibilidad (…)
¿Quién tiene algo que decir?
Las religiones y sobre todo, en Occidente, la Iglesia católica romana”.


miércoles, 3 de octubre de 2012

A Margarita Zavala no le gusta que la llamen Primera Dama sino la esposa del Presidente Felipe Calderón.




A Margarita Zavala no le gusta que la llamen Primera Dama sino la esposa del Presidente Felipe Calderón.


(Excélsior, 13/02/2012) y así ha actuado durante estos seis años: como compañera de su esposo, madre de sus hijos, militante del PAN y ciudadana mexicana.

He allí sus prioridades.

Margarita es una mujer muy segura de sus convicciones, no se hace bolas, sabe lo que quiere y, lo más importante, sabe a quién quiere: a su marido, a sus hijos, al PAN y a México.

Bueno, también quiere mucho a sus alumnos de clases de Derecho de 6º de preparatoria. Son jóvenes de 17 a 18 años orgullosos de tener a una maestra tan sencilla, tan dedicada, pero sobre todo, tan entusiasta.

No hay semana en que su profesora no les recuerde que “la política es la posibilidad de generar el bien”.

Desde que sé de Margarita, es decir, desde que su marido era presidente de su partido, siempre la he considerado como a una mujer de buena fe, que efectivamente, cree en el bien; cree en la posibilidad de ayudar y de escuchar al otro.

En ese sentido, Margarita es una buena católica observante.

En este sentido es muy sincera y congruente frente a sus actos.

No se hace bolas. Ni tiene dudas; lo tiene clarísimo.
Certidumbres como la anterior le dan mucha libertad: actúa como piensa.

La esposa del Presidente es una mujer inteligente, generosa, responsable y nada frívola.

Tiene su propio mundo: sus lecturas, su música y sus amigos de toda la vida.

Cree en la amistad y en el amor filial: adora a sus padres.

Discreta como es, sabe guardar secretos y sería incapaz de criticar a una amiga con otra amiga.

Margarita no es traicionera, ni mucho menos chismosa.

Odia los chismes, las “grillas” y a las personas lambisconas.

Estos seis años, en los que ha acompañado a gobernar a su marido, ha aprendido mucho sobre la condición humana.

Se da perfectamente bien cuenta cuando alguien es o no es sincera.

Tiene olfato político, intuición y es dueña de un gran sentido de observación.

En estos seis años que la esposa del Presidente ha vivido en Los Pinos, nunca la he visto enojada, ni irritada.

Sin embargo, sí la he percibido conmovida, entristecida y particularmente empática con los que sufren.

Dicen que es la “panista más popular del país”, yo agregaría que es, de todas las esposas de los presidentes de México, la más querida y la más entrañable.

Nunca, nunca he escuchado una crítica contra Margarita Zavala.

Miento. Sólo una: que no sabe llevar el rebozo correctamente.

Que se le cae a cada ratito y que alguien debería de enseñarle cómo usarlo con gallardía y elegancia.

Salvo lo anterior, cuando las y los mexicanos se refieren a ella, lo hacen con respeto, simpatía y hasta afecto.

“Hagan de cuenta que su papá y su mamá están como prestados a México.

Y esto, niños, es un privilegio y un verdadero honor”, les dijo a sus hijos, desde el primer día que entraron a Los Pinos.

Se los dijo, muy bonito, muy de a de veras.

 De allí que los tres hubieran entendido, en un dos por tres, que en esa casota, con ese jardinzote, estaban de pasadita.

Al fin que ésa no era ni su casa, ni su jardín y menos un solo pino.

A partir del 1o. de diciembre, ya tendrán, ahora sí, un nuevo hogar, como el que tenían en el 2006.

En el fondo, están felices.

Ninguno de los tres quiere ser (por lo pronto) diputado, ni senador, ni hacer negocios por debajo de la mesa, ni tener yates, ni departamentos en Miami, ni aviones particulares.

Ellos están felices con sus papás, con su mamá tan sonriente que siempre les explica todo con mucha paciencia y con sus abuelos tan cariñosos.

Como sus padres, ellos también han aprendido mucho en relación con su país y no me sorprendería que lo quieran mucho más que hace seis años.

La familia Calderón Zavala no provoca escándalos, ni rumores extraños, ni tampoco sospechosismos.

Dentro de lo que cabe, es una familia normal, muy unida con los tíos, las tías, los abuelos, las y los primos.

Margarita Zavala no nada más tiene muy buen prestigio en nuestro país, sino también en el extranjero.

No hace mucho, el señor Kerlikowske, el zar antidrogas de la Casa Blanca, hizo un reconocimiento a la esposa del Presidente, por el trabajo en materia de prevención en las drogas (http://www.presidencia.gob.mx/). Es cierto.

Margarita ha hecho un papel espléndido con los centros “Nueva Vida”, centros que dan atención y orientación muy necesaria a millones de familias de niños y jóvenes que han caído en las adicciones.

En ese sentido, la esposa del Presidente se  siente estimulada y optimista.

Dice que, en este aspecto, México se encuentra a tiempo y está en muy buen momento para seguir trabajando con los padres de familia.

Margarita Zavala ha trabajado mucho también respecto a los niños migrantes no acompañados.

Este es uno de los temas que más le preocupan.

En lo personal, puedo decir que a Margarita Zavala sí la voy a extrañar.

Me cae bien.

Nunca me decepcionó, al contrario, me gusta escuchar o leer sus entrevistas.

Me gusta que no se tome tan en serio, que no se crea la divina garza y que sea tan pero tan diferente de su predecesora.

Si algo le agradezco a la esposa del Presidente es que en estos seis años jamás mandó cerrar la lateral que sale de Constituyentes a Parque Lira.

En el sexenio pasado, miles y miles de conductores sufrimos los embotellamientos más terribles, cuando ésta se cerraba por instrucción de la entonces primera dama.

Gracias, Margarita, por todo esto.
Ah, cómo te vamos a echar de menos... como esposa del Presidente... 






jueves, 3 de mayo de 2012


De soldado musulmán a sacerdote católico


Omar, un joven soldado musulmán se convirtió al cristianismo, tras escuchar la historia de su compatriota, santa Josefina Bakhita. Hoy se plantea ser sacerdote en el castigado país de Sudán del Sur. Gracias a la recaudación que, cada año, se realiza a través de la Jornada de Vocaciones Nativas, que envía la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol a los territorios de misión, Omar, puede formarse y ser un obrero más para la mies. La colecta de este domingo en las parroquias irá destinada a este fin


Noticia digital (27-IV-2012)


Tapiz de santa Josefina Bakhita, en la Basílica
Vaticana, el día de su canonización

Omar -o podría llamarse Mohammed, o Raad...- es un joven sudanés musulmán, de la región de Darfur, que fue reclutado como soldado durante la guerra con Sudán del Sur -antes de ser reconocido como un nuevo país-. Omar fue enviado a Libia a ser entrenado como paracaidista. Allí, se cruzó con un cristiano sudanés que había corrido la misma suerte, y éste le preguntó si conocía la historia de santa Josefina Bakhita, quien también nació en Darfur; vida de la que Omar jamás había escuchado hablar. Historia que no pudo olvidar.

Cuando volvió a Jartum, tras la dureza de la guerra, Omar conoció a un misionero comboniano con el que comenzó a investigar la vida de la santa a través del contacto directo con muchos de sus familiares. Fue, a raíz de ese encuentro cuando su vida cambió, conoció la fe católica y pidió el bautismo.

El misionero comboniano padre Jorge Naranjo, presente hoy en la rueda de prensa de presentación de la Jornada de Vocaciones Nativas, llegó a 2005 a Sudán. “Uno de mis grandes retos fue crear grupos vocacionales parroquiales, para alentar a los jóvenes a descubrir su vocación”, explicó. En uno de esos grupos, se encontró a Omar, el muchacho musulmán converso paracaidista al que la historia de santa Josefina Bakhita conquistó el corazón. Ahora, se plantea si entrar en el Seminario de Juba.

Gracias a la colaboración económica de la Obra San Pedro Apóstol, que a través de Obras Misionales Pontificias y la colecta de este domingo en las parroquias, recauda fondos para sostener y formar vocaciones en territorios de misión, jóvenes como Omar podrán ser sacerdotes.




sábado, 10 de diciembre de 2011

Murió Svetlana la hija de Stalin que se convirtió al catolicismo

2.12.11

A las 9:45 PM, por Juanjo Romero
Categorías :
Mythbuster, Conversiones

El lunes 28 la prensa internacional se hizo eco de la muerte de Svetlana Iósifovna Stálina, la única hija de Stalin. Huyó del «paraíso socialista» ayudada por la CIA en 1967. Fue un mazazo para la propaganda socialista, sus libros de memorias «Veinte cartas a un amigo» y «Sólo un año» describían la vida en la Unión Soviética.
Hacía una semana que había fallecido, el 22 de noviembre, en un asilo en Wisconsin. Sola.

Sin embargo, en casi todos los medios se ha pasado como de tapadillo sobre el asunto de su conversión, primero el bautismo ortodoxo y luego la recepción en la Iglesia Católica en 1982. Hasta 1993 no cuenta su conversión, un texto difundido con sordina. Creo que el mejor homenaje es volver a publicar lo que escribió entonces, es largo, pero merece la pena. La labor de su abuela, la de unos amigos católicos, la mano de la Virgen, la solicitud amorosa y pastoral de amigos sacerdotes, la lectura, la formación, los sacramentos… Mejor lo cuenta Svetlana, os dejo con ella (las negritas mías).

Los primeros 36 años que he vivido en el estado ateo de Rusia no han sido del todo una vida sin Dios. Sin embargo, habíamos sido educados por padres ateos, por una escuela secularizada, por toda nuestra sociedad profundamente materialista. De Dios no se hablaba.

Mi abuela paterna, Ekaterina Djugashvili, era una campesina casi iletrada, precozmente viuda, pero que nutría confianza en Dios y en la Iglesia. Muy piadosa y trabajadora, soñaba con hacer de su hijo sobreviviente –mi padre– un sacerdote.
El sueño de mi abuela no se realizó jamás. A los 21 años mi padre abandonó el seminario para siempre.

Mi abuela materna, Olga Allilouieva, nos hablaba gustosamente de Dios: de ella hemos escuchado por vez primera palabras como alma y Dios. Para ella, Dios y el alma eran los fundamentos mismos de la vida.

Agradezco a Dios que ha permitido a mis queridas abuelas que nos transmitiesen las semillas de la fe; si bien eran exteriormente obsequiosas con el nuevo orden de cosas, conservaron profundamente en el corazón su fe en Dios y en Cristo.

Cuando mi hermano murió, mi hijo de 18 años estaba muy enfermo. No quería ir al hospital, a pesar de la insistencia del doctor. Por primera vez en mi vida, a los 36 años, pedí a Dios que lo curara. No conocía ninguna oración, ni siquiera el Padre Nuestro. Pero Dios, que es bueno, no podía dejar de escucharme.

Me escuchó, lo sabía. Después de la curación, un sentimiento intenso de la presencia de Dios me invadió.

Con sorpresa de mi parte, pedí a algunos amigos bautizados que me acompañaran a la iglesia. Dios no sólo me ayudó a encontrarlo, sino deseaba darme mayores gracias. Me hizo conocer al sacerdote más maravilloso que podía encontrar, el P. Nicolás Goloubtzov (1890-1963). Él bautizaba en secreto a los adultos que habían vivido sin fe. Fue también el padre espiritual del P. Alexander Men, que se convirtió en célebre predicador, asesinado en 1990 luego de muchas amenazas de muerte, por las numerosas conversiones que suscitaba entre la juventud en torno suyo.

Yo tenía necesidad de ser instruida sobre los dogmas fundamentales del Cristianismo. Bautizada el 20 de mayo de 1962, tuve el gozo de conocer a Cristo, aunque ignorase casi toda la doctrina cristiana. Desgraciadamente el P. Goloubtzov murió en marzo de 1963.

Encontré por vez primera en mi vida católicos romanos, en Suiza, cinco años después de mi bautismo en la Iglesia ortodoxa rusa.

Los quince años que transcurrí en América han sido para mí causa de tormentos y de desorientación. Tras el nacimiento de mi hija, fruto de mi matrimonio en EE.UU., pareció que llegaba para mí la posibilidad de una vida normal. Pero pronto sobrevino de nuevo la turbación y la amargura; todo terminó con la separación conyugal.

Durante estos años mi vida religiosa era confusa, como todo el resto. Me encontraba de frente a un cristianismo americano múltiple. Cada denominación me invitaba. Todos me testimoniaban una gran simpatía. Yo tenía necesidad de descubrir lo que era justo en la multiplicidad de confesiones y perdía la noción de lo que yo misma era personalmente y en qué creía.

 Busqué también en la Ortodoxia la solución de mi búsqueda personal. Las respuestas a mis interrogantes me parecían demasiado abstractas. A pesar de la amistad que había entablado con intelectuales de la Ortodoxia, como la familia Florovsky, mi sed espiritual permanecía insatisfecha.

Un día recibí una carta de un sacerdote católico italiano de Pennsilvania, el P. Garbolino que me invitó a hacer una peregrinación a la Virgen de Fátima, en Portugal, con ocasión del 70º aniversario de las apariciones. En momento no fue posible, pero nuestra correspondencia de amistad duró más de 20 años y me enseñó muchas cosas.

Mediante este intercambio epistolar más de una vez se planteó la cuestión de mi adhesión a la fe católica. Pero la publicidad y el hecho de ser devorada por los medios de comunicación social, me había dado una pésima impresión ya al llegar a los Estados Unidos. Explicar a la luz del día mis sentimientos más personales, mi fe, mis relaciones con Dios, ni siquiera estaba dispuesta a pensarlo. No podía rnás hablar en nombre del pueblo ruso.

En 1969 el P. Garbolino que se encontraba en New Jersey vino a hacerme una visita a Princeton. Yo continué escribiéndole a Pittsburgh. En aquel momento yo era divorciada e infeliz, pero él, como buen sacerdote, siempre encontraba las palabras apropiadas y prometía siempre rezar por mí.

En 1976 encontré en California una pareja de católicos, Rose Y Michael Ginciracusa. Viví dos años con ellos. Su piedad discreta y su solicitud hacia mí y mi hija me conmovieron profundamente.

En 1982 partimos para Inglaterra, para permitir que mi hija recibiera una buena educación europea. Mis contactos con los católicos continuaban siempre naturales, calmos y alentadores. La lectura de libros notables como el de Raissa Maritain, contribuyeron a acercarme cada vez más a la Iglesia católica. Y así en un frío día de diciembre, en la fiesta de Santa Lucía, en pleno Adviento, un tiempo litúrgico que siempre he amado, la decisión, esperada por largo tiempo, de entrar en la Iglesia católica, me brotó naturalísima, mientras vivía en Cambridge, Inglaterra. Un amigo católico polaco me condujo al P. Cogglan del Seminario de Allem Halla en Londres. Habían pasado 15 años desde que tomé esta decisión y me confié con el P. Garbolino que había conocido y aparecido en los días en que los medios de comunicación social me turbaban.

Hay una cosa que aprendí por vez primera en los conventos católicos: la bendición de la existencia cotidiana, incluso la más escondida, de cada pequeña acción y del mismo silencio. En general soy felicísima en mi soledad; en la tranquilidad de mi departamento siento en modo vivo la presencia de Cristo.

Han pasado ya 13 años desde 1982, plenos de felicidad. Pero del mismo modo que jamás fui instruida convenientemente en la Iglesia Ortodoxa rusa al ser admitida 30 años atrás, así tampoco he recibido ninguna enseñanza más en la Iglesia católica. He debido aprender todo por cuenta mía leyendo libros que me han pasado amigos católicos o frecuentando asiduamente las librerías.

La diferencia entre la soledad en la Iglesia ortodoxa oriental y aquella en la Iglesia católica me ha parecido bajo esta forma: en la ortodoxia oriental, una confesión raramente es escuchada, generalmente una vez al año por Pascua y sin la discreción que permite el confesionario. Sólo ahora he entendido la gracia maravillosa que nos producen los sacramentos como el de la reconciliación y la comunión ofrecidos no importa qué día del año, e incluso cotidianamente.

Antes me sentía poco dispuesta a perdonar y a arrepentirme, y no fui jamás capaz de amar a mis enemigos. Pero me siento muy distinta de antes, desde que asisto a Misa todos los días. La Eucaristía se ha hecho para mí viva y necesaria. El sacramento de la reconciliación con Dios a quien ofendemos, abandonamos y traicionamos cada día, el sentido de culpa y de tristeza que entonces nos invade: todo esto hace que sea necesario recibirlo con frecuencia.

Por muchos años he creído que la decisión crucial que había tomado de permanecer en el extranjero en 1967 fue una importante etapa en mi vida. Yo iniciaba una vida nueva, me liberaba y progresaba en mi carrera de escritora itinerante. El Padre celestial me ha corregido dulcemente. Fui nuevamente sumergida en una maternidad tardía que debía hacerme presente mi puesto en la vida: un humilde puesto de mujer y de madre. Así, en verdad, fui llevada en los brazos de la Virgen María a quien no tenía la costumbre de invocar, reteniendo que esta devoción fuese cosa de campesinos iletrados como mi abuela georgiana que no tenia otra persona a quien dirigirse. Me desengañé cuando me encontré sola y sin sustento.

¿Quién otro podía ser mi abogado sino la Madre de Jesús? Imprevistamente Ella se me hizo cercana, Ella a quien todas las generaciones llaman Bienaventurada entre las mujeres.

Sobra cualquier glosa al texto. Svetlana Iósifovna Stálina, gracias por tu testimonio. Descansa en paz.



miércoles, 7 de diciembre de 2011

El nuevo ministro de Interior explica su reencuentro con Dios después de años de darle la espalda

Le ha influido en su vida espiritual Messori, Henry Nouwen, santa Teresita de Lisieux y san Agustín.
Actualizado 23 diciembre 2011

Jorge Fernández Díaz

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ReL publica una entrevista realizada hace dos años por el director del semanario Alba, Gonzalo Altozano, al nuevo ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, cuyo hilo conductor es el reencuentro con Dios después de años de vivir ajeno a todo lo espiritual.

Esta entrevista es una de las 101 que aparece en el libro
"No es bueno que Dios esté solo" (Ciudadela), de gran difusión en las últimas semanas como ha informado ReL: «No es bueno que Dios esté solo» se convierte en un best-seller. En dos meses: 17.000 ejemplares
A continuación, la entrevista de Gonzalo Altozano:

En su despacho del Congreso de los Diputados hay un enorme retrato de Tomás Moro, santo al que Juan Pablo II
pedía que se encomendaran los políticos para obtener fortaleza, paciencia, perseverancia y buen humor. De esto último anda sobrado Fernandez Díaz, a pesar de su seriedad (habrá quien diga, maliciosamente, que humor y sonrisa no son sinónimos, que ahí está Zapatero, al que pocos le han encontrado la gracia, el chiste). Los que le conocen bien dicen que nada tiene que ver el Jorge de “ahora” con el de “antes”. Él habla de conversión.

-¿Su conversión fue al modo de san Pablo o al de san Agustín?
-Fue, salvando las distancias, más agustiniana que paulina, en el sentido de que no fue instantánea, sino que me resistí mucho.

-¿Venía del ateísmo?

-No.

-Entonces, del agnosticismo.

-Tampoco. Yo no negaba a Dios, simplemente vivía como si no existiera, sólo me acordaba de Él en los momentos difíciles. Era eso que llaman un católico no practicante.

-¿No es eso una contradicción?

-Lo es. Pero yo vivía en esa contradicción. Mi fe era una fe muerta porque era una fe sin obras.

-¿Qué cambió todo?

-La convicción plena de que mi vida sólo tenía sentido a la luz de Dios. A partir de ese momento, Él empezó a tener más presencia en mi vida. Es en este sentido en el que hablo de conversión.

-¿En qué consiste su vida con Dios?

-Digamos que mi plan de vida está muy próximo a la espiritualidad del Opus Dei: ir a misa todos los días, rezar el Rosario, hacer un rato de oración, otro de lectura espiritual...

-¿Lee mucho?

-Mucho. Tras mi conversión me di cuenta de que mi déficit en formación religiosa, moral y ética era importante. Tenía que recuperar el tiempo perdido y la lecturame ayudó a ello.

-¿El autor que más le ha marcado?

-Son muchos, pero si me tengo que quedar con uno, elijo a Vittorio Messori, con quien me unen tantas cosas.

El providencialismo, por ejemplo. Messori analiza los acontecimientos teniendo en cuenta que Dios es el Señor de la Historia, del Tiempo, de la Cronología. A mí también me atrae ese tipo de visión de los hechos que se incardina en lo que se llama Teología de la Historia.

-¿Y el libro?

-Le diré tres, aunque haya muchos más.
El regreso del hijo pródigo, de Henry Nouwen, La historia de un alma, de santa Teresita de Lisieux, y Las confesiones, de San Agustín. Los leí por primera vez en 1997.

-¿Es el año de su camino de vuelta?

-1997 fue el año en que el Señor dijo: “Hasta aquí hemos llegado. O caixa o faixa”. Pero mi camino de retorno empezó en 1991.

-Seis años antes.

-Ya he dicho que mi conversión fue más agustiniana que paulina, que me hice mucho de rogar.

-¿Qué pasó en 1991?

-Me encontraba de viaje oficial en Estados Unidos, invitado por el Departamento de Estado. Un fin de semana nos llevaron a Las Vegas. Allí, por medio de un gran amigo, que sin duda fue un instrumento de la providencia de Dios, Él salió manifiestamente a mi encuentro. Lo recuerdo y pienso en san Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia”.

-¿Lo dice por usted o lo dice por Las Vegas?

-Lo digo por mí y lo digo por Las Vegas.

-¿Es fácil tener presente a Dios en el Congreso de los Diputados?

-Aunque parezca que le hayamos cerrado la puerta, aunque a veces no lo queramos ver o escuchar, tengo la íntima convicción de que Dios está muy presente en el Congreso. Las Cortes son el órgano legislativo del Estado y Dios, el gran legislador del universo.

-¿Cómo vive la política?

-Como un magnífico campo para el apostolado, la santificación y el servicio a los demás, como mi vocación personal y específica, el lugar donde Dios quiere que esté. Para un católico, dedicarse a la política, aquí y ahora, es un reto apasionante.

-¿Cómo la vivía antes?

-Como una actividad que me apasionaba. Pero estaba instalado en el relativismo, y cuando no hay convicciones todo es cálculo político, intereses partidistas.

-¿Se encuentra cómodo en el PP?

-El mío es un partido en cuyo ideario ocupa un lugar importante el humanismo cristiano. Sí, me siento bien.

-Antes hablaba de providencialismo. ¿No cree en el azar?

-En la vida las cosas no suceden porque sí o gracias a los amigos o por lo listo que uno sea; todo esto son causas segundas, mediaciones humanas, que, respetando la libertad de cada uno, responden a los designios de Dios. Volviendo a san Agustín y salvando de nuevo las distancias, si pienso en las cosas que me pasaron antes de mi conversión, puedo decir lo que el de Hipona en sus Confesiones: “Ah, Señor, eras Tú”.



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