Las pruebas se convierten en luz
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FAMILIA
Uno de esos recuerdos que nunca se
quiso borrar… No sé por qué.
Estaba en el seminario menor con 13
años.
Nos estaban leyendo a todos un
libro de los testimonios de los legionarios de Cristo que se acababan de
ordenar sacerdotes en el grande aniversario de 1994.
Hubo un testimonio de un padre que,
paradójicamente, me llamó la atención porque decía que la historia de su
vocación había sido muy simple: Dios había estado muy presente, pero no había
nada de extraordinario o aparatoso en su llamado.
Y mientras escuchaba esa lectura,
me dije con mucha convicción: “Pues a mí me pasó igual.
Cuando sea sacerdote y llegue a
compartir mi testimonio, diré las mismas palabras: no hay nada espectacular
en mi llamado, pero cada día de este camino ha sido una maravilla”.
Vengo de una familia católica que
ha ido creciendo en su fe con el paso del tiempo.
Siempre he querido mucho a todos
mis familiares, abuelos, tíos y primos y les agradezco mucho todo su apoyo y
oraciones durante los 18 años de mi preparación al sacerdocio.
A mis papás María Josefina y José
de Jesús y a mis hermanos Felipe, Aída y Santiago, un agradecimiento especial
porque siempre han estado junto a mí y me han estimulado para ser muy
generoso con Dios.
Nací en León Guanajuato, México,
aunque las raíces de mi familia vienen de Jalisco.
Soy el mayor de 4 hijos.
Mi hermano Felipe nació a los once
meses y medio después de mí.
Aunque fuimos muy distintos de
temperamento, siempre estuvimos muy juntos en todas partes.
Mis siguientes dos hermanos
nacieron 9 y 13 años después de
mí.
Desde muy pequeño perdí a tres de mis abuelos, pero Dios ha mantenido a mi abuelita Raquel en vida hasta ahora.
Le agradezco mucho a Dios el
ambiente tan sano en el que crecí entre familiares y amigos.
¿VOCACIÓN?
Tengo muy buenos recuerdos de mi
niñez.
Vivíamos en una granja que en
aquella época estaba a las afueras de León.
Había de todo: palomas, chivos,
caballos, vacas, cerdos, peces, guajolotes, perros, pavos reales, borregos y
más.
Junto a mi casa había terrenos
donde con los amigos jugábamos a cualquier cosa.
En la granja a veces improvisábamos
una alberca, a veces un mini-campo de juego en el jardín.
A veces también le ayudábamos un
poco a mi papá en los trabajos de la granja o acompañábamos a mis tíos y tías
al rancho de mi abuelito.
¡Una niñez sensacional!
Los recuerdos de mi parroquia (dedicada a María, Madre de la Iglesia) son también muy buenos: una parroquia dinámica, en que veía la fe y la participación de la gente, que me preparó para los sacramentos, de la que recuerdo buenos ejemplos de mis párrocos.
Mi primaria la estudié en el
Instituto Leonés, dirigido por
los Franciscanos, a quienes
recuerdo con mucho aprecio.
Un buen día, a mediados de sexto
grado de primaria, un sacerdote legionario de Cristo dio una charla en mi
salón sobre los caminos que Dios ofrece al hombre.
Nos platicó cómo Dios llama también
a la vocación sacerdotal.
Sinceramente, se me hizo muy
interesante lo que nos dijo, pero nunca se me había pasado por la mente que
yo pudiera tener este llamado de Dios.
En mi escuela yo me sentía un niño
“normal”, como cualquier otro. Pero Dios empezó a preparar el terreno en mi
alma…
En mi familia no tuve parientes
cercanos que fueran sacerdotes o religiosos.
O al menos eso pensaba...
Platicando con mis papás, me
contaron que mi abuelito materno y un tío abuelo estuvieron varios años en el
seminario; recordé también que muy pequeño asistí a la ordenación sacerdotal
de un tío segundo, el P. José Manuel Torres Origel, quien actualmente reside
también en Roma.
Y también tenía a un par de
parientes que eran religiosas.
La posibilidad de ser sacerdote me
parecía todavía remota, pero de todas formas acepté con gusto ir a una
convivencia en el seminario menor en la ciudad de México.
No había nada que perder.
Sería una experiencia interesante,
pensaba yo.
Fue sólo un fin de semana en marzo
de 1994, pero me marcó.
No me llamaron la atención los
elementos externos sino el ambiente de alegría, cercanía a Dios y mucha
caridad y respeto en que vivían ahí los niños de mi edad.
Sinceramente cambiaron totalmente
la idea que yo tenía de un seminarista y de un sacerdote.
Regresé a mi casa conmovido... Dios
había dado ya el primer paso.
Meses después, como muchos niños de
12 años, aparentemente había olvidado todo.
Pero otro padre legionario de Cristo pasó por mi casa, saludó a mi
familia y me invitó al curso de verano.
Lo recuerdo bien. ¡Quién diría que
12 años después, ese sacerdote, el P. José Manuel Otaolaurruchi, L.C.
recibiría la profesión perpetua de mis votos religiosos, como mi director
territorial en Colombia!
¡Los caminos de Dios!
PRIMEROS PASOS
Con gusto acepté ir al curso de
verano, con la aprobación y bendición de mis papás, que de todas formas no
creían para nada que yo me fuera a quedar.
¡Imagínense qué fama tendría yo!
Aunque me había fascinado la visita
al seminario, sinceramente todavía no creía que Dios me llamara al
sacerdocio.
“¿Yo?
¿Por qué?
Pero si me peleo a cada rato, soy
algo travieso y a veces se me escapan mentirillas…
” Por eso pedí permiso a mis papás
para ir sólo un mes y luego pensaba regresar a mi casa…
El hombre propone; Dios dispone.
Llegué al curso de verano.
La mejor síntesis que podría hacer
de ese verano, con otros 150 niños de mi edad, sería “un huracán de alegría,
de convivencia, de amistad muy limpia y de aprendizaje de muchas cosas”.
No obstante, crecía rápidamente la
amistad con Dios por medio de la misa y las oraciones.
Curiosamente, en medio de ese
huracán de alegría, había mucha paz y serenidad para darme cuenta de que Dios
me estaba llamando a iniciar una nueva etapa en mi vida.
De esta forma ingresé al centro
vocacional y ahí viví cuatro años llenísimos de lecciones de 1994 a 1998.
Agradezco muchísimo a todos mis
formadores, especialmente al P. José Antonio López, LC quien fue mi rector
todo ese tiempo.
Una de las cosas que más recuerdo
es que nuestros formadores siempre nos ponían grandes ideales, grandes retos.
Nos entusiasmaban a acercarnos
mucho a Dios y a la Virgen (nunca faltó nuestra visita anual a la Villa de
Guadalupe, para ofrecerle a María nuestra vida); nos animaban a aprovechar al
máximo nuestros estudios, a formar virtudes cristianas, a no ser
conformistas, a formar una voluntad firme, a buscar lo mejor, aprovechar el
tiempo, aprender otros idiomas, aprender instrumentos musicales…
Y claro que busqué ser una esponja que
absorbiera todo ese bien.
Obviamente tenía mis dificultades
normales.
Tenía un carácter fuerte, pero
siempre sentí muy cercanos a mis formadores, quienes me animaban a superar
mis limitaciones.
Aunque no asimilé todo, aprendí de
formadores y de compañeros grandes lecciones de vida: unión con Dios,
sinceridad, confianza, espíritu de sacrificio, alegría en la entrega.
Un motivo de mucha alegría en todo
este ambiente, fue el apoyo continuo de mi familia.
A mí me costó mucho la separación
de ellos, pero tal vez a ellos les costó más aún.
De todas formas nunca faltó su
apoyo moral y económico.
Sólo Dios sabe el mérito de este
gran sacrificio de mis papás, hermanos y familiares.
Al año de haber ingresado, mi
hermano Felipe de Jesús también entró en el centro vocacional.
No puedo describir el gusto que me
dio ver a mi hermano junto a mí, en ese camino tan hermoso como era el de la
vocación sacerdotal.
UNA PRUEBA QUE SE CONVIRTIÓ EN LUZ
PARA LA VIDA
Acabando esos 4 años, pasé al
noviciado en Monterrey.
Fueron dos años muy serenos y
hermosos, donde nuestra única ocupación importante era conocer mucho a Dios y
conocer la espiritualidad de la Iglesia y de nuestra congregación, para hacer
un mejor discernimiento de nuestra vocación.
Mi superior, el P. Jorge Fernández,
LC, fue un gran padre que me acompañó en estos dos años.
Aprendí mucho de él y de esta etapa
de formación.
Al final de estos dos años, en agosto del
año 2000, estando en mis ejercicios espirituales de ocho días, previos a mi
primera profesión de los votos religiosos, pasó algo que cambió la vida de mi
familia.
Tres años atrás mi familia y yo
habíamos tenido un accidente automovilístico bastante fuerte.
Chocamos casi frontalmente contra
un camión de carga en una carretera de alta velocidad.
Realmente no dudo en calificar como
milagroso y providencial el hecho de que ninguno de las seis personas hayamos
muerto.
Salimos todos gravemente heridos,
pero no hubo muertes.
Nos parecía como si hubiéramos
vuelto a vivir.
Sin duda que esto nos ayudó a
valorar más nuestra vida como un don de Dios que no sabemos cuándo acabará.
Nos hizo recordar que tenemos que
aprovechar la vida al máximo, que suele haber muchas preocupaciones en la
vida, pero sólo una es importante: llegar al encuentro definitivo con Dios
con las manos llenas de buenas obras, habiendo vivido plenamente ante Dios y
ayudando a nuestros hermanos.
¡Y realmente se notó el cambio en
mi familia! ¡Los caminos de Dios!
Volviendo a los ejercicios
espirituales del año 2000, sucedió aparentemente lo contrario.
Ahora hubo un accidente “pequeño o
insignificante” pero Dios dispuso que mi hermano dejara este mundo.
Felipe y yo éramos novicios en
Monterrey.
Él estaba cortando el pasto y
parece que se resbaló y su cuello alcanzó a tocar, mientras caía, un hilo que
tenía una bajísima carga eléctrica para evitar que animales entraran y
destruyeran el jardín.
El caso es que un conjunto de
circunstancias provocaron que la carga creciera y bastó un ligero contacto
para que mi hermano falleciera en el momento.
Al poco tiempo mi superior me lo
comunicó y mis papás también vinieron enseguida desde León.
Lo que sigue me cuesta mucho
describirlo.
Casi siempre estuve al lado de mi
hermano Felipe.
De pequeño él era bastante
inquieto, de carácter muy fuerte, aunque siempre, como se dice, con un gran
ángel, una gran capacidad de simpatía.
Desde que entró al seminario cambió
mucho.
De hecho noté que él había
aprovechado mejor que yo los años en el centro vocacional.
En el noviciado, aunque estaba un
año debajo de mí, era un gran ejemplo en todos los sentidos para toda la
comunidad.
Y lo digo con objetividad.
Pero Dios siempre da la gracia que
necesitamos en medio de cualquier prueba.
De hecho, nos fortaleció muchísimo
en mi familia.
No digo que desapareció el dolor,
pero quedó en un marco de mucha confianza en Dios.
Desde el inicio sentimos
una nueva presencia de mi hermano entre nosotros y siempre hemos tenido su
recuerdo como una presencia viva que nos estimula a seguir ese ejemplo.
Ejemplo breve (murió a los 17 años)
pero muy nítido y muy intenso: la alegría de entregarse plenamente a Dios,
esperando el cielo.
¡Los caminos de Dios!
ESTUDIOS RUMBO AL SACERDOCIO
Una semana después de la partida de
mi hermano, hice mi profesión religiosa.
Después de despedirme de todos mis
familiares, partí para España, donde terminé mi preparatoria en el centro de
humanidades y lenguas clásicas que tiene la congregación en Salamanca.
Luego me trasladé a Roma donde
estudié dos años de filosofía.
En el año 2004 empecé mis tres años
de prácticas pastorales como asistente de novicios en Medellín, Colombia.
Tengo recuerdos muy especiales de
esos tres años.
Buscando ayudar a los novicios en
su formación y en sus primeros pasos en la vida religiosa, descubrí que
aprendí muchísimo de ellos.
Fueron años para madurar mucho,
años de mucha amistad y de crecimiento interior.
Pude conocer a muchas familias de
los novicios y maravillarme de la grandeza de la creación de Dios en aquel
pedazo de paraíso.
Después de mi estancia en Colombia
regresé a Ro
ma para terminar mis estudios.
Ahí completé mi licencia en filosofía
y mi bachillerato en teología.
Fueron años en que la meta del
sacerdocio se hacía cada vez más cercana.
Disfruté muchísimo mi teología.
Durante esta etapa pude ayudar como
asistente del rector para un grupo de filósofos.
Fue una gracia de la que he aprendido mucho.
Y agradezco de corazón a todos los
formadores y a todos “mis” filósofos, por su apoyo, paciencia, ejemplo y
testimonio.
ORDENACIÓN DIACONAL
El pasado 27 de julio tuve la
gracia de ser ordenado diácono en mi ciudad natal.
El arzobispo de León S. E. José
Guadalupe Martín Rábago había festejado el día anterior sus 50 años de
fidelidad como sacerdote y él mismo escogió el día siguiente como fecha de la
ordenación de tres legionarios de Cristo.
Dios permitió que esos días en torno
a mi ordenación fueran como un anticipo de mi sacerdocio.
Pocas alegrías tan grandes se
pueden experimentar en esta vida como “repartir” a Dios a los demás, a manos
llenas; a la propia familia, a amigos, a cualquier persona, dando la
comunión, predicando, dando con cercanía algún consejo.
Realmente me he dado cuenta de que
todos tenemos una gran sed de Dios.
El mundo necesita muchos y santos pastores
de almas.
Sigamos pidiendo a Dios que llame a
muchos jóvenes a esta maravillosa vocación y les haga experimentar esa
indescriptible alegría de entregarse.
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El P. Juan José Ramírez Muñoz nació
en León, México el 21 de marzo de 1982.
Estudió en el Instituto Leonés de
los hermanos franciscanos. Ingresó en el seminario menor de la ciudad de
México en 1994.
El 14 de agosto de 1998 inició su
noviciado.
Cursó los estudios humanísticos en
Salamanca, España.
Durante tres años fue asistente del
instructor de novicios en Medellín, Colombia y durante otros tres años ha
sido miembro del equipo de formadores del Centro de Estudios Superiores en
Roma.
Es licenciado en filosofía y está
haciendo otra licencia en teología por el Ateneo Pontificio Regina
Apostolorum.
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FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03
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lunes, 7 de enero de 2013
Testimonio vocacional del Padre Juan José Ramírez Muñoz
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Toda mi Admiración y Respeto para el Padre Juan José ♥️Dios lo Bendiga.
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